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martes, 27 de diciembre de 2022

Entrevista con el autor de TIZAS ROTAS

  Tizas rotas (Editorial DONBUK, 2022)


Una entrevista de Rut H. White

En esta ocasión me ha resultado muy fácil contactar con Pablo Ángel, pues ya lo pude entrevistar cuando publicó su anterior relato, TIEMPO DE MASCONATOS. A pesar de su fama de huidizo no he tenido que recurrir a ningún intermediario y, simplemente, lo he telefoneado para concertar la cita en su propio domicilio. Esta se produce un par de tardes después. Nos instalamos en el salón de la casa y me sirve café. Él lo toma descafeinado. Procedo con las preguntas.

P.- TIZAS ROTAS se trata de un libro muy diferente al anterior, por lo que veo.

R.- Sobre todo por el tono. Este libro es poco complaciente si lo comparas con TIEMPO DE MASCONATOS.

P.- El subtítulo de la obra, “Treinta y tres años en Secundaria”, parece anunciar su experiencia docente, ¿no es cierto?

R.- Así es. La cifra de treinta y tres años redondea a la de los treinta y dos y medio que me llevé en la profesión. Treinta y tres años es una cifra que resulta más idónea, es mucho más llamativa y resulta menos prolija que treinta y dos y medio, que es la que corresponde a mi caso.

P.- Porque el libro es autobiográfico, ¿no?

R.- No. Mi biografía no es interesante para nadie, salvo para mi familia. Lo que ocurre es que solo puedo hablar de las cosas que conozco y es inevitable recurrir a mi vida docente para montar un relato sobre un profesor de instituto. Modifico algunas circunstancias sobre la geografía, los centros de trabajo y las personas. Solo trato en el relato temas profesionales. La vida privada del protagonista permanece al margen y no escribo apenas sobre ella, tan solo lo que resulta pertinente para la historia que cuento.

P.- Pero coincide que el protagonista del relato, Carlos, también resulta permanecer treinta y dos años y medio en la profesión.

R.- Sí. Se jubila en cuanto puede, al cumplir sesenta años, como yo y como la mayoría de los funcionarios públicos docentes que conocí. Este no es tanto un detalle personal o biográfico insólito, sino que resulta muy común y viene a reflejar bastante el hastío y la desilusión de gran parte del profesorado.

P.- ¿Tan desilusionado está el profesorado?                 

R.- Entiendo que lo está. De esto solo saben los que conviven con algún profesor de instituto.

P.- Sin embargo, hay quien está muy cómodo con sus horas de trabajo, con su vocación…

R.- Gente cómoda sí que hay. Generalmente los que no hacen nada, los que pasan lista y no se preparan las clases, los que no cambian de método nunca, los que no leen sobre su materia o sobre pedagogía… Como en cualquier profesión, en la enseñanza hay tunantes, pícaros, flojos y aprovechados. Es curioso, pero muchos de estos dicen que sienten una gran vocación por la enseñanza. Yo creo que lo que sienten es una gran comodidad por no ser cuestionados nunca por los jefes.

P.- ¿No son controlados?

R.- Se controla la asistencia y se controla, sobre todo, que no resulten ser profesores que suspenden demasiado.

P.- Eso que dice resulta un poco fuerte.

R.- Y antipático, pero es verdad. Vivimos unos tiempos en los que lo que importa es no molestar. No importa que no se enseñe. Lo importante es no molestar y, por tanto, en este campo lo importante es no suspender. Un profesor que no suspenda, no tendrá nunca problemas con la Administración, ni con los alumnos, ni con los padres de estos.

P.- Esto resulta algo caricaturesco.

R.- Pásese por un instituto. Hable con los profesores. Conozca sus miedos. Observe lo que hacen en sus clases. Lea las programaciones de las materias. Asista a las reuniones del claustro, a las de los equipos educativos o a las de los departamentos. Introdúzcase en este mundo. Es lo que hago en mi relato.

"En general, los alumnos saben quién les ha enseñado algo y, desde luego, saben con quién no han aprendido nada"

P.- Habrá de todo, claro.

R.- De todo. Lo malo es que no abunda lo valioso, sino lo mediocre y lo increíblemente mediocre. ¿No tiene Ud. hijos que hablen de sus profesores?

P.- Sí. Alguna vez hablan bien de unos y mal de otros.

R.- Pues eso. En general, los alumnos saben quién les ha enseñado algo y, desde luego, saben con quién no han aprendido nada.

P.- Con este libro no va a hacer muchas amistades con parte del profesorado.

R.- Ni lo pretendo. Lo que quiero es dejar constancia de una realidad de la que la sociedad no está suficientemente informada. Tenemos una enseñanza muy mediocre y nada rigurosa, tanto porque hay profesores mediocres como porque el sistema educativo es endeble y de risa.

P.- Pero, sin embargo, se tiende a pensar que la enseñanza es hoy mejor que antes.

R.- Si dice que es mejor porque no te castigan o no te azotan estoy de acuerdo. Eso no lo discuto y por ahí no me va a encontrar. Es un argumento bobo, como de ley del péndulo o de ver las cosas solo en blanco y negro. No es eso lo que quiero señalar. Lo que digo es que la educación de hoy no es mejor que la que yo recibí, en lo que se refiere a los conocimientos y el trabajo que se le exigen al alumno, que cada vez son menos. Ahí radica gran parte del problema actual. Todo está embarullado y diseñado para hacer creer a los ciudadanos que el sistema educativo es de gran calidad. Yo no estoy de acuerdo y, por el contrario, pienso que cada vez es peor y muy endeble en este sentido.

P.- Dicen que antes era todo más teórico y hoy es más práctico. Eso es un buen avance, ¿no?

R.- Es que no es verdad. Es lo que se dice, pero no es verdad. Pregúntele a alguien que tenga menos de cuarenta años cuánto es un metro, que lo señale sobre el terreno. Con la reciente pandemia mucha gente de las nuevas generaciones no apreciaba ni calculaba bien cuánto era metro y medio o dos metros de separación entre las personas. La inmensa mayoría de los alumnos no sabe calcular cuánto son diez metros en la pista deportiva. La mayoría piensa que el mundo atómico y subatómico es de planetitas y órbitas. No saben interpretar la composición de los alimentos ni su valor energético. “Esto tiene hidratos de carbono, pero no lleva azúcares”, he escuchado muchas veces. También habría que decir mucho acerca de que la educación del pasado solo era teórica y memorística. Con ese postulado, por un lado, parece ridiculizarse o rebajar la importancia de lo teórico y la importancia de la utilización de la memoria; por otro, se obvia que la educación siempre ha contenido un aspecto práctico ineludible. Esto de describir la educación antigua como únicamente basada en la lección magistral es una forma de tildarla malévolamente. Yo siempre estaba haciendo cosas: lecturas, cuadernos, resúmenes, tareas, problemas, supuestos, laboratorio, microscopio, excursiones, juegos, dibujos, trabajos manuales... Y no únicamente escuchando una lección magistral del profesor, que, por cierto, también tiene su cabida, su lugar, su propio sentido y valor. ¿Acaso los educados en mi generación hemos salido poco competentes o tontos de salón? Yo creo todo lo contrario; que sí que salimos bastante más competentes para andar por muchos más terrenos que los jóvenes de ahora. ¡Pues anda que no hemos tenido que adaptarnos a cambios y a novedades! Y lo hemos hecho, entiendo, gracias a nuestra formación, preparación y disposición, que a su vez, algo tendrán que ver con la educación recibida. 

P.- Pero el protagonista de su relato sí creyó en la necesidad de las reformas educativas en su momento.

R.- Sí. No estaba contra las reformas porque siempre hay que mejorar el sistema. Lo que ocurre es que el sistema no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado. 

P.- ¿Por qué muchos profesores están tan en contra de la pedagogía?

R.- Esto es complicado. Por un lado, si se es benévolo con el profesorado, hay que admitir que las últimas leyes educativas y sus desarrollos contienen una jerga de términos y neotérminos que no conducen nada más que a confusión. En muchos apartados se mezclan o incluyen conceptos que pertenecen a diferentes categorías. Los profesores, y antes que nada los de filosofía, se escandalizan con estos planteamientos tan desordenados. Por otro lado, mucho profesorado también está en contra de la pedagogía por ignorancia.

P.- ¿Por ignorancia? 

R.- Sí, por ignorancia. Es como estar en contra de la psicología. Hay que estar en contra del mal psicólogo o del pedagogo desnortado, pero no de sus ámbitos científicos. Lo que ocurre es que mucho profesor no solo no se ha formado mínimamente en pedadogía o en didáctica, sino que ha confundido estos campos con las neopedagogías imberbes y escasamente fructíferas que nos invaden desde hace años y que alucinan a nuestros políticos. El resultado es que, a muchos, todo lo que suene a pedagogía les parece inútil. Es un gran error.

P.- Volviendo al libro, sus capítulos son muy diversos. Cuenta la evolución profesional del protagonista, sus comienzos entusiastas…

R.- Sí. Entusiastas y discretos. Carlos es alguien, como yo, que no se educó ni estudió para ser profesor. Es casi un intruso en la enseñanza y tiene que partir de cero. Creo que esta condición, la de venir de fuera, la de allegado, le proporciona una visión o una perspectiva privilegiada. Si bien ha de aprender a marchas forzadas, también puede mantener una cierta mirada objetiva, desde fuera. Es un poco eso que los antropólogos como Marvin Harris llamaban mirada o punto de vista etic.

"Esto de la vocación es un poco místico y, por tanto, un poco mítico o de cuento de hadas"

P.- Hay un capítulo muy tajante sobre lo que el profesor protagonista aprendió de sus alumnos.

R.- Sí. No aprendió nada. Mantener lo contrario es una cursilería, palabras bonitas de película romántica sobre la educación. Carlos así lo manifiesta porque considera que perder el tiempo en debates nimios entorpece la labor del profesorado. Hay mucho romanticismo trasnochado docente, como cuando los profesores hablan de su vocación.

P.- Este tema es interesante. El protagonista no tenía vocación docente.

R.- No. Lo que tenía era hambre. Decidió cambiar de profesión porque estaba en paro como médico y vio una oportunidad en el mundo docente para subsistir y mantenerse. Sus estudios lo hicieron competente y con capacidad de adaptación a lo nuevo.

P.- Pero, sin vocación, ¿no es más difícil?

R.- Esto de la vocación es un poco místico y, por tanto, un poco mítico o de cuento de hadas. Lo que hace Carlos es tomarse su trabajo en serio. Conocedor de sus limitaciones profesionales, intenta aprender cuanto puede para resultar mínimamente un profesor digno. Esto lo conduce a distinguir muy pronto lo valioso y a despreciar lo superficial o, lo que es peor, lo fraudulento.

P.- ¿Hay muchos profesores como Carlos?

R.- Es una pregunta casi personal porque, lógicamente, el protagonista está basado en mí. Carlos no es el mejor profesor del mundo. Es, simplemente, un profesor que intenta ser serio con su trabajo. Hay muchos. Los hay. Pero, siento decirlo, no son la mayoría en la enseñanza. Como en cualquier otra esfera humana, en cualquier otra profesión, lo que abunda no es la excelencia, por utilizar un término algo desprestigiado en la enseñanza. Carlos no es excelente. Es trabajador y es cumplidor. Y, sobre todo, lo que no es Carlos es creyente en la religión del no esfuerzo en el aprendizaje y de la aceptación de la mediocridad.

P.- Que Carlos sea un profesor de Educación Física, ¿lo incapacita para ofrecer una visión ajustada o más completa de la enseñanza?

R.- Casi le ha faltado decir “un mero profesor de Educación Física”. No pasa nada. Estoy acostumbrado a que esta asignatura sea tildada de maría, porque, en realidad y por su consideración administrativa, lo es. Carlos empieza como profesor de esta asignatura para convertirse enseguida en profesor de materias menos marías en el seno de la Formación Profesional. También ha sido tutor de Secundaria, secretario del instituto, ha impartido clase de Fisiología en los bachilleratos experimentales, talleres de Sexología, Educación para la Ciudadanía, cursos en el centro del profesorado, ha estado en la innovación educativa, llega a ser catedrático, escribe libros de texto, recibe un premio nacional de enseñanza… Creo que ha tenido la suficiente experiencia como para saber resumir e interpretar acertadamente la vida y el funcionamiento en un instituto; en un instituto de barrio, que es aún más complejo, por decirlo así.

P.- ¿Carlos se haría profesor hoy en día?

R.- Con lo que Carlos sabe ahora, no. Pero esa situación es imposible. Cuando se empieza en una profesión no se sabe lo que te espera. Así que, puede que sí, que Carlos eligiera ser profesor hoy. El asunto de la vocación llegaría después de dar el paso, como me ocurrió a mí.

P.- ¿Cree que el libro se puede recomendar a alguien que empieza en la profesión?

R.- Bueno, creo que su lectura le ayudará a conformar su visión sobre el mundo educativo. Puede encontrar en él rincones curiosos o ideas para desarrollar en su día a día y, sobre todo, puede encontrar advertencias sobre lo que no conviene ni explorar.

P.- ¿Qué ha sido lo más positivo en su paso por la enseñanza?

R.- Encontrar buenos compañeros con los que trabajé y congenié. Los tuve y algunos se convirtieron en amigos verdaderos. Curiosamente, la labor del profesor es muy solitaria, siempre estás solo ante el alumnado. Así que, si se tiene la oportunidad de compartir aula con otros profesores, se puede crecer mucho profesionalmente. He dicho se puede. No siempre es así. Hay veces que es mejor volver a tu soledad.

P.- ¿Y lo peor?

R.- Que el sistema educativo no me dejó enseñar todo lo que yo consideraba interesante y valioso. 

"Ahora en los centros educativos muy a menudo se aprende a no aprender"

P.- ¿No ve nada positivo en la situación actual?

R.- La universalidad de la enseñanza. Pero ha venido acompañada de una gran rebaja en el rigor. No comparto esto. Para lo que se le ofrece al ciudadano actualmente en los centros educativos no hace falta un licenciado en la mesa del profesor. Puede resumirse así: los profesores actuales son ahora monitores de tiempo libre. Les basta con pasar lista y tomar nota de la presencia del alumno en el aula. Los exámenes parecen tener los días contados y son, cada vez más, puramente anecdóticos e intrascendentes, sin peso específico definitivo en la evaluación final. Si esto no se modifica, el supuesto ciudadano competente que se propugna, no será más valioso que un maniquí.

P.- Entonces, ¿los alumnos no aprenden mucho ahora?

R.- Aprenden algo que me parece un error. Voy a ser muy contundente al señalarlo y tómeselo como un titular. Despues vendrá la letra chica. Aprenden que no tienen que esforzarse demasiado ni que examinarse para seguir adelante en el proceso educativo. Si me permite un juego de palabras con la nueva terminología pedagógica, puedo concluir lo siguiente: Ahora en los centros educativos muy a menudo se aprende a no aprender. Miedo me da.

P.- A mí también. Me quedo algo preocupada. ¿No estará exagerando demasiado?

R.- He dibujado una caricatura a grandes rasgos. Hay que comparar este diseño caricaturesco con el día a día y comprobar hasta qué punto existen los defectos que he señalado y hasta qué punto han calado en la comunidad educativa.

La entrevista ha finalizado. Le doy las gracias a Pablo Ángel Gil Morales y retengo en mi mente esta última imagen, la de que todo no es más que una gran caricatura, demasiado crítica con un sistema educativo del que tantos políticos y expertos hablan muy bien. Sin embargo, compruebo que son ya muchos los profesores de a pie que no suelen coincidir con estos políticos y expertos. Como mínimo, es para pensarlo.

Rut H. White es corresponsal de Aprendí en el kiosco


 
TIZAS ROTAS. Treinta y tres años en Secundaria.
Editorial DONBUK
Año 2022
536 páginas
Precio: 20,99 €
En formato digital: 4,99 €
Desde el 23 de dicembre en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com




viernes, 23 de diciembre de 2022

Un libro sobre un profesor de instituto en estos tiempos


Por Rut H. White

Acaba de publicarse Tizas rotas, un relato de Pablo Ángel Gil Morales que, como muestra su subtítulo -Treinta tres años en Secundaria- recoge el periplo profesional de un profesor de instituto en las tres últimas décadas pasadas. Si bien se sigue recomendando como lectura en los distintos ámbitos de formación de educadores el clásico Historia de una maestra, hemos de reconocer que, valores literarios aparte, la obra de Josefina Aldecoa -dedicada a las escuelas- se aleja en el tiempo y poco tiene que ver con la situación de la enseñanza hoy en día. Es por ello que, en nuestra opinión, libros como el presente, Tizas rotas, vienen a ocupar mejor ese espacio destinado a debatir, analizar y/o asumir o rechazar las líneas y movimientos educativos de nuestras actuales enseñanzas medias y, también y de paso, los que afectan a la enseñanza primaria.

El autor, profesor de instituto, basa su relato en las vivencias que el protagonista del mismo nos cuenta de primera mano. Desde el inicio de la historia apreciamos la autenticidad y sinceridad con la que describe lo que le llevó al mundo educativo y lo mucho que tuvo que esforzarse para entenderlo y adaptarse a él. El protagonista, Carlos, no es más que el recurso que el autor utiliza para camuflarse en él y presentarnos su pensamiento y su experiencia personal. El resto de personajes que aparecen en el relato, se basa en personas que el autor llegó a conocer en diferentes situaciones -fundamentalmente mucho profesorado-. Nos dice el autor que, aunque ha cambiado o trasladado las geografías y las identidades personales, los hechos presentados no son inventados o ficticios, sino que se inspiran en la realidad que conoció.

Ese es el valor de este libro, su aire de crónica fidedigna de la labor profesional que han llevado a cabo los docentes de los institutos durante unos años en los que han asistido, de forma inexorable, a la llegada y aplicación de una serie continuada de leyes educativas que han terminado, de momento, en la conformación de la presente y confusa realidad. A este respecto, el hecho de que el protagonista que nos cuenta esta historia proceda de un mundo ajeno al educativo -pues no se formó académicamente para ser profesor-, nos resulta un factor muy revelador e interesante, porque su mirada se encuentra inicialmente falta de juicio -y, también, de prejuicio- acerca del habitual espíritu o sentir del profesorado común. Carlos deberá superar este handicap para captar unas esencias que, al principio, se le escapan. Precisamente esta extrañeza inicial que siente es lo que le obliga a observar atentamente cuanto sucede a su alrededor para, así, ir montando un relato -personal y siempre subjetivo, desde luego- sobre lo que llega a conocer y experimentar. 

Aquí radica, a mi parecer, el acierto de esta crónica: en el desencuentro, en la apreciación de lo chirriante o no dominado por desconocido o nuevo, en la desubicación profesional y/o vocacional, en la previa virginidad o ingenuidad docente y pedagógica del protagonista. Desde este inicial desconocimiento, Carlos viaja por la docencia para, en distintos momentos, tropezar, sortear, evadir, superar o dominar 

Otro acierto que veo en el libro es que, merced a los cambios en las leyes educativas, el protagonista ha podido llegar a conocer tanto la Secundaria como el Bachillerato o la Formación Profesional, que son los tres ámbitos que conforman las enseñanzas medias en nuestro país. Este privilegiado punto de vista le dota de suficientes referencias como para describir y opinar sobre ellos, así como para recoger el sentir de muchos otros profesionales docentes en sus diferentes desempeños. 

Carlos siempre está en crisis o en el dilema, unas veces por su falta de preparación, otras por su dedicación desmedida, otras por su ingenuidad ante los cambios que se van roduciendo, otras por su disconformidad con otros compañeros, otras por su descreimiento ante la burocracia y el sistema educativo... Su aventura discurre siempre entre la duda y la confianza por lo llevado a cabo y, también, envuelta en el desconcierto que supone cada nueva norma, cada nuevo giro o vuelta de tuerca del sistema educativo que se está construyendo, casi siempre a espaldas de la opinión del profesorado. Tampoco encuentra entre el propio profesorado una clara fundamentación pedagógica por su resistencia ante los cambios y -según su opinión-, esta resistencia es débil, timorata y resulta siempre una renuncia. 

El libro está dividido en tres partes: Los inicios, Destino definitivo y Tres años después. Las dos primeras constituyen la crónica docente, el puro relato de su paso por la enseñanza. La tercera parte, la más breve, recoge los pensamientos del protagonista después de su jubilación, cuando siguen coleando en su mente dudas y temores por lo vivido y por lo que intuye como más probable en el inmediato futuro de la profesión.

Puede decirse que el autor no deja apenas títere con cabeza en este sistema educativo, y si hay algo que destaca como positivo es la convicción con la que defiende y reivindica un sentimiento que no lo abandona nunca: la sensación de que sin algunos de sus compañeros todo hubiera sido aún peor. Es a estos compañeros a los que dedica este relato. Alguien tenía que agradecerles a los buenos profesores de instituto su labor, porque ya quedan pocos que lo hagan fuera de la profesión.

En breve, espero poder ofrecerles una entrevista con el autor.

Rut H. White es corresponsal de Aprendí en el kiosco


 
TIZAS ROTAS 
Editorial Donbuk. 
   Año 2022.
 536 páginas
Precio en formato físico: 20,99 €
Precio en formato digital: 4,99 €
Desde el 23 de diciembre en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com





lunes, 19 de diciembre de 2022

En Navidad, regala un libro

  

Si conoces a maestros, a profesores o a personas interesadas en el mundo educativo, apunta este libro. Les puede agradar.



Editorial DONBUK
Año 2022
Relato
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición en ebook: 4,99 €
A LA VENTA A PARTIR DEL 23 DE DICIEMBRE
Se puede adquirir en www.donbuk.com o en www.amazon.com
También en librerías



Una entrevista de Rut H. White al autor

En esta ocasión me ha resultado muy fácil contactar con Pablo Ángel, pues ya lo pude entrevistar cuando publicó su anterior relato, TIEMPO DE MASCONATOS. A pesar de su fama de huidizo no he tenido que recurrir a ningún intermediario y, simplemente, lo he telefoneado para concertar la cita en su propio domicilio. Esta se produce un par de tardes después. Nos instalamos en el salón de la casa y me sirve café. Él lo toma descafeinado. Procedo con las preguntas.

P.- TIZAS ROTAS se trata de un libro muy diferente al anterior, por lo que veo.

R.- Sobre todo por el tono. Este libro es poco complaciente si lo comparas con TIEMPO DE MASCONATOS.

P.- El subtítulo de la obra, “Treinta y tres años en Secundaria”, parece anunciar su experiencia docente, ¿no es cierto?

R.- Así es. La cifra de treinta y tres años redondea a la de los treinta y dos y medio que me llevé en la profesión. Treinta y tres años es una cifra que resulta más idónea, es mucho más llamativa y resulta menos prolija que treinta y dos y medio, que es la que corresponde a mi caso.

P.- Porque el libro es autobiográfico, ¿no?

R.- No. Mi biografía no es interesante para nadie, salvo para mi familia. Lo que ocurre es que solo puedo hablar de las cosas que conozco y es inevitable recurrir a mi vida docente para montar un relato sobre un profesor de instituto. Modifico algunas circunstancias sobre la geografía, los centros de trabajo y las personas. Solo trato en el relato temas profesionales. La vida privada del protagonista permanece al margen y no escribo apenas sobre ella, tan solo lo que resulta pertinente para la historia que cuento.

P.- Pero coincide que el protagonista del relato, Carlos, también resulta permanecer treinta y dos años y medio en la profesión.

R.- Sí. Se jubila en cuanto puede, al cumplir sesenta años, como yo y como la mayoría de los funcionarios públicos docentes que conocí. Este no es tanto un detalle personal o biográfico insólito, sino que resulta muy común y viene a reflejar bastante el hastío y la desilusión de gran parte del profesorado.

P.- ¿Tan desilusionado está el profesorado?                 

R.- Entiendo que lo está. De esto solo saben los que conviven con algún profesor de instituto.

P.- Sin embargo, hay quien está muy cómodo con sus horas de trabajo, con su vocación…

R.- Gente cómoda sí que hay. Generalmente los que no hacen nada, los que pasan lista y no se preparan las clases, los que no cambian de método nunca, los que no leen sobre su materia o sobre pedagogía… Como en cualquier profesión, en la enseñanza hay tunantes, pícaros, flojos y aprovechados. Es curioso, pero muchos de estos dicen que sienten una gran vocación por la enseñanza. Yo creo que lo que sienten es una gran comodidad por no ser cuestionados nunca por los jefes.

P.- ¿No son controlados?

R.- Se controla la asistencia y se controla, sobre todo, que no resulten ser profesores que suspenden demasiado.

P.- Eso que dice resulta un poco fuerte.

R.- Y antipático, pero es verdad. Vivimos unos tiempos en los que lo que importa es no molestar. No importa que no se enseñe. Lo importante es no molestar y, por tanto, en este campo lo importante es no suspender. Un profesor que no suspenda, no tendrá nunca problemas con la Administración, ni con los alumnos, ni con los padres de estos.

P.- Esto resulta algo caricaturesco.

R.- Pásese por un instituto. Hable con los profesores. Conozca sus miedos. Observe lo que hacen en sus clases. Lea las programaciones de las materias. Asista a las reuniones del claustro, a las de los equipos educativos o a las de los departamentos. Introdúzcase en este mundo. Es lo que hago en mi relato.

"En general, los alumnos saben quién les ha enseñado algo y, desde luego, saben muy bien con quién no han aprendido nada"

P.- Habrá de todo, claro.

R.- De todo. Lo malo es que no abunda lo valioso, sino lo mediocre y lo increíblemente mediocre. ¿No tiene Ud. hijos que hablen de sus profesores?

P.- Sí. Alguna vez hablan bien de unos y mal de otros.

R.- Pues eso. En general, los alumnos saben quién les ha enseñado algo y, desde luego, saben muy bien con quién no han aprendido nada.

P.- Con este libro no va a hacer muchas amistades con parte del profesorado.

R.- Ni lo pretendo. Lo que quiero es dejar constancia de una realidad de la que la sociedad no está suficientemente informada. Tenemos una enseñanza muy mediocre y nada rigurosa, tanto porque hay profesores mediocres como porque el sistema educativo es endeble y de risa.

P.- Pero, sin embargo, se tiende a pensar que la enseñanza es hoy mejor que antes.

R.- Si dice que es mejor porque no te castigan o no te azotan estoy de acuerdo. Eso no lo discuto y por ahí no me va a encontrar. Es un argumento bobo, como de ley del péndulo o de ver las cosas solo en blanco y negro. No es eso lo que quiero señalar. Lo que digo es que la educación de hoy no es mejor que la que yo recibí, en lo que se refiere a los conocimientos y el trabajo que se le exigen al alumno, que cada vez son menos. Ahí radica gran parte del problema actual. Todo está embarullado y diseñado para hacer creer a los ciudadanos que el sistema educativo es de gran calidad. Yo no estoy de acuerdo y, por el contrario, pienso que cada vez es peor y muy endeble en este sentido.

P.- Dicen que antes era todo más teórico y hoy es más práctico. Eso es un buen avance, ¿no?

R.- Es que no es verdad. Es lo que se dice, pero no es verdad. Pregúntele a alguien que tenga menos de cuarenta años cuánto es un metro, que lo señale sobre el terreno. Con la reciente pandemia mucha gente de las nuevas generaciones no apreciaba ni calculaba bien cuánto era metro y medio o dos metros de separación entre las personas. La inmensa mayoría de los alumnos no sabe calcular cuánto son diez metros en la pista deportiva. La mayoría piensa que el mundo atómico y subatómico es de planetitas y órbitas. No saben interpretar la composición de los alimentos ni su valor energético. “Esto tiene hidratos de carbono, pero no lleva azúcares”, he escuchado muchas veces. También habría que decir mucho acerca de que la educación del pasado solo era teórica y memorística. Con ese postulado, por un lado, parece ridiculizarse o rebajar la importancia de lo teórico y la importancia de la utilización de la memoria; por otro, se obvia que la educación siempre ha contenido un aspecto práctico ineludible. Esto de describir la educación antigua como únicamente basada en la lección magistral es una forma de tildarla malévolamente. Yo siempre estaba haciendo cosas: lecturas, cuadernos, resúmenes, tareas, problemas, supuestos, laboratorio, microscopio, excursiones, juegos, dibujos, trabajos manuales... Y no únicamente escuchando una lección magistral del profesor, que, por cierto, también tiene su cabida, su lugar, su propio sentido y valor. ¿Acaso los educados en mi generación hemos salido poco competentes o tontos de salón? Yo creo todo lo contrario; que sí que salimos bastante más competentes para andar por muchos más terrenos que los jóvenes de ahora. ¡Pues anda que no hemos tenido que adaptarnos a cambios y a novedades! Y lo hemos hecho, entiendo, gracias a nuestra formación, preparación y disposición, que a su vez, algo tendrán que ver con la educación recibida. 

P.- Pero el protagonista de su relato sí creyó en la necesidad de las reformas educativas en su momento.

R.- Sí. No estaba contra las reformas porque siempre hay que mejorar el sistema. Lo que ocurre es que el sistema no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado. 

P.- ¿Por qué muchos profesores están tan en contra de la pedagogía?

R.- Esto es complicado. Por un lado, si se es benévolo con el profesorado, hay que admitir que las últimas leyes educativas y sus desarrollos contienen una jerga de términos y neotérminos que no conducen nada más que a confusión. En muchos apartados se mezclan o incluyen conceptos que pertenecen a diferentes categorías. Los profesores, y antes que nada los de filosofía, se escandalizan con estos planteamientos tan desordenados. Por otro lado, mucho profesorado también está en contra de la pedagogía por ignorancia.

P.- ¿Por ignorancia? 

R.- Sí, por ignorancia. Es como estar en contra de la psicología. Hay que estar en contra del mal psicólogo o del pedagogo desnortado, pero no de sus ámbitos científicos. Lo que ocurre es que mucho profesor no solo no se ha formado mínimamente en pedadogía o en didáctica, sino que ha confundido estos campos con las neopedagogías imberbes y escasamente fructíferas que nos invaden desde hace años y que alucinan a nuestros políticos. El resultado es que, a muchos, todo lo que suene a pedagogía les parece inútil. Es un gran error.

P.- Volviendo al libro, sus capítulos son muy diversos. Cuenta la evolución profesional del protagonista, sus comienzos entusiastas…

R.- Sí. Entusiastas y discretos. Carlos es alguien, como yo, que no se educó ni estudió para ser profesor. Es casi un intruso en la enseñanza y tiene que partir de cero. Creo que esta condición, la de venir de fuera, la de allegado, le proporciona una visión o una perspectiva privilegiada. Si bien ha de aprender a marchas forzadas, también puede mantener una cierta mirada objetiva, desde fuera. Es un poco eso que los antropólogos como Marvin Harris llamaban mirada o punto de vista etic.

"Esto de la vocación es un poco místico y, por tanto, un poco mítico o de cuento de hadas"

P.- Hay un capítulo muy tajante sobre lo que el profesor protagonista aprendió de sus alumnos.

R.- Sí. No aprendió nada. Mantener lo contrario es una cursilería, palabras bonitas de película romántica sobre la educación. Carlos así lo manifiesta porque considera que perder el tiempo en debates nimios entorpece la labor del profesorado. Hay mucho romanticismo trasnochado docente, como cuando los profesores hablan de su vocación.

P.- Este tema es interesante. El protagonista no tenía vocación docente.

R.- No. Lo que tenía era hambre. Decidió cambiar de profesión porque estaba en paro como médico y vio una oportunidad en el mundo docente para subsistir y mantenerse. Sus estudios lo hicieron competente y con capacidad de adaptación a lo nuevo.

P.- Pero, sin vocación, ¿no es más difícil?

R.- Esto de la vocación es un poco místico y, por tanto, un poco mítico o de cuento de hadas. Lo que hace Carlos es tomarse su trabajo en serio. Conocedor de sus limitaciones profesionales, intenta aprender cuanto puede para resultar mínimamente un profesor digno. Esto lo conduce a distinguir muy pronto lo valioso y a despreciar lo superficial o, lo que es peor, lo fraudulento.

P.- ¿Hay muchos profesores como Carlos?

R.- Es una pregunta casi personal porque, lógicamente, el protagonista está basado en mí. Carlos no es el mejor profesor del mundo, como tampoco lo fui yo. Es, simplemente, un profesor que intenta ser serio con su trabajo. Hay muchos. Los hay. Pero, siento decirlo, no son la mayoría en la enseñanza. Como en cualquier otra esfera humana, en cualquier otra profesión, lo que abunda no es la excelencia, por utilizar un término algo desprestigiado en la enseñanza. Carlos no es excelente. Es trabajador y es cumplidor. Y, sobre todo, lo que no es Carlos es creyente en la religión del no esfuerzo en el aprendizaje y de la aceptación de la mediocridad.

P.- Que Carlos sea un profesor de Educación Física, ¿lo incapacita para ofrecer una visión ajustada o más completa de la enseñanza?

R.- Casi le ha faltado decir “un mero profesor de Educación Física”. No pasa nada. Estoy acostumbrado a que esta asignatura sea tildada de maría, porque, en realidad y por su consideración administrativa, lo es. Carlos empieza como profesor de esta asignatura para convertirse enseguida en profesor de materias menos marías en el seno de la Formación Profesional. También ha sido tutor de Secundaria, secretario del instituto, ha impartido clase de Fisiología en los bachilleratos experimentales, talleres de Sexología, Educación para la Ciudadanía, cursos en el centro del profesorado, ha estado en la innovación educativa, llega a ser catedrático, escribe libros de texto, recibe un premio nacional de enseñanza… Creo que ha tenido la suficiente experiencia como para saber resumir e interpretar acertadamente la vida y el funcionamiento en un instituto; en un instituto de barrio, que es aún más complejo, por decirlo así.

P.- ¿Carlos se haría profesor hoy en día?

R.- Con lo que Carlos sabe ahora, no. Pero esa situación es imposible. Cuando se empieza en una profesión no se sabe lo que te espera. Así que, puede que sí, que Carlos eligiera ser profesor hoy. El asunto de la vocación llegaría después de dar el paso, como me ocurrió a mí.

P.- ¿Cree que el libro se puede recomendar a alguien que empieza en la profesión?

R.- Bueno, creo que su lectura le ayudará a conformar su visión sobre el mundo educativo. Puede encontrar en él rincones curiosos o ideas para desarrollar en su día a día y, sobre todo, puede encontrar advertencias sobre lo que no conviene ni explorar.

P.- ¿Qué ha sido lo más positivo en su paso por la enseñanza?

R.- Encontrar buenos compañeros con los que trabajé y congenié. Los tuve y algunos se convirtieron en amigos verdaderos. Curiosamente, la labor del profesor es muy solitaria, siempre estás solo ante el alumnado. Así que, si se tiene la oportunidad de compartir aula con otros profesores, se puede crecer mucho profesionalmente. He dicho se puede. No siempre es así. Hay veces que es mejor volver a tu soledad.

P.- ¿Y lo peor?

R.- Que el sistema educativo no me dejó enseñar todo lo que yo consideraba interesante y valioso. 

"Ahora en los centros educativos muy a menudo se aprende a no aprender"

P.- ¿No ve nada positivo en la situación actual?

R.- La universalidad de la enseñanza. Pero ha venido acompañada de una gran rebaja en el rigor. No comparto esto. Para lo que se le ofrece al ciudadano actualmente en los centros educativos no hace falta un licenciado en la mesa del profesor. Puede resumirse así: los profesores actuales son ahora monitores de tiempo libre. Les basta con pasar lista y tomar nota de la presencia del alumno en el aula. Los exámenes parecen tener los días contados y son, cada vez más, puramente anecdóticos e intrascendentes, sin peso específico definitivo en la evaluación final. Si esto no se modifica, el supuesto ciudadano competente que se propugna, no será más valioso que un maniquí.

P.- Entonces, ¿los alumnos no aprenden mucho ahora?

R.- Aprenden algo que me parece un error. Voy a ser muy contundente al señalarlo y tómeselo como un titular. Despues vendrá la letra chica. Aprenden que no tienen que esforzarse demasiado ni que examinarse para seguir adelante en el proceso educativo. Si me permite un juego de palabras con la nueva terminología pedagógica, puedo concluir lo siguiente: Ahora en los centros educativos muy a menudo se aprende a no aprender. Miedo me da.

P.- A mí también. Me quedo algo preocupada. ¿No estará exagerando demasiado?

R.- He dibujado una caricatura a grandes rasgos. Hay que comparar este diseño caricaturesco con el día a día y comprobar hasta qué punto existen los defectos que he señalado y hasta qué punto han calado en la comunidad educativa.

La entrevista ha finalizado. Le doy las gracias a Pablo Ángel Gil Morales y retengo en mi mente esta última imagen, la de que todo no es más que una gran caricatura, demasiado crítica con un sistema educativo del que tantos políticos y expertos hablan muy bien. Sin embargo, compruebo que son ya muchos los profesores de a pie que no suelen coincidir con estos políticos y expertos. Como mínimo, es para pensarlo.

Rut H. White es corresponsal de Aprendí en el kiosco y de Progreso adecuadamente


 
TIZAS ROTAS. Treinta y tres años en Secundaria.
Editorial DONBUK
Año 2022
536 páginas
Precio: 20,99 €
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miércoles, 14 de diciembre de 2022

Las leyes educativas llegan por fin a la DGT y a las autoescuelas

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Por José Alberto Gutiérrez Fernández

Desde hace algunas décadas, nuestro sistema educativo ha evolucionado con las aportaciones casi exclusivas de profesionales dedicados a la enseñanza y aprendizaje: los psicólogos, psicopedagogos y pedagogos (con sus terminaciones en as y en es) que han confeccionado las mejores leyes educativas de los últimos años; para corroborarlo basta con ver los porcentajes de aprobados y titulados que tenemos en todos los centros educativos de nuestro país.

Fruto de toda esta mejoría en nuestros estudiantes, la Dirección General de Tráfico y el consorcio nacional de todas las escuelas de conducción, han aprobado el nuevo sistema de enseñanza y las pruebas para la obtención del carné de conducir. Os dejamos algunas de esas mejoras que se implantarán en los próximos días.                        

      Para adaptar la formación vial a la realidad que nos rodea de manera inmediata, aspecto en el que se enfatiza en los sistemas educativos, a los futuros conductores no se les preparará para conducir en diferentes tipos de vías o ciudades, sino que se le enseñará en las calles que rodean su vivienda y según sus intereses o necesidades de uso del vehículo. Esto es fundamental para contextualizar un aprendizaje de calidad en la conducción.

      Aprender de memoria no tiene ninguna validez y en los centros educativos esa faceta intelectual ya no se trabaja, por lo cual a partir de ahora los conductores no tendrán que saber qué significa cada señal. A la vista de una que no conozcan, podrán detener su vehículo y buscar en Internet su significado para que, una vez que realicen su interpretación, puedan continuar. Con respecto a la interpretación de señales, como no se ha podido condicionar a los estudiantes en lo que está bien o mal y como todos tenemos libertad y creatividad para resolver una situación nueva, cada conductor podrá actuar con cada señal como mejor entienda.

      A partir de la aprobación del mencionado nuevo texto legislativo, las indicaciones de los agentes de tráfico (guardia civil o policía local) —y al igual que ocurre con las indicaciones en los centros educativos por  parte de los docentes— no serán de obligado cumplimiento. Aunque un agente indique que está prohibido circular por una calle, por ejemplo, el futuro conductor podrá conducir por ella. Si en algún momento dicho agente multase o sancionase a dicho conductor, podrá venir su madre o su padre —o incluso algún inspector de educación vial si fuera requerido— a salvar de dicha sanción al conductor infractor. No podemos tener en la sociedad del futuro a conductores molestos con las normas.

      Para que no exista frustración en ningún futuro conductor, a partir de ahora los exámenes de conducir se denominarán pruebas o retos de aprendizaje vial. Se deberán utilizar diferentes técnicas para realizar estas pruebas, como entrevistas orales. Si el futuro conductor manifiesta su deseo de poseer el carné de conducir y argumenta la necesidad de tenerlo para poder desarrollar su vida futura, todo el sistema se movilizará para que así sea y tengamos un nuevo conductor en la sociedad.

      Del mismo modo, no se podrán realizar repeticiones de pruebas y/o maniobras, ya que el nuevo conductor debe aprender con situaciones diferentes, motivadoras y en las que sienta que se valora todo su esfuerzo.

      En vista de la realidad cercana y contextual que rodea a cada individuo, a partir de la entrada en vigor de esta nueva normativa de conducción, no habrá pruebas homologadas similares en todo el territorio nacional ni en la misma provincia; ni tan siquiera en la misma ciudad. Cada autoescuela tendrá libertad para establecer las pruebas que estime oportunas para evaluar a cada futuro conductor. Aunque dicha persona no supere las referidas pruebas, si presenta ganas de tener el carné de conducir y protesta lo suficiente, se le podrá otorgar dicho carné. Si no fuera así, pero protestara ante la administración vial competente, un inspector de conductores se personará y le dará el carné de conducir.

      Si en una autoescuela disminuyese un año el porcentaje de aprobados, será solo y exclusivamente culpa de los profesores de dicha autoescuela.                                           

Preguntado el ministro del ramo sobre esta cuestión y, también, otras personas del gobierno y de los sindicatos de profesores de la conducción, han manifestado conjuntamente que “Estas son solo algunas de las notables mejoras que incorporará la nueva legislación vial. Nos avalan los resultados escolares con sus normativas correspondientes. Ante esta nueva situación que se nos presenta, nos manifestamos satisfechos por la pronta incorporación a nuestras calles de nuevos conductores que convivirán así en igualdad de derechos con los antiguos y con el resto de ciudadanos, vayan estos en calidad de peatones, de ciclistas, de camioneros u otros.”  

Ante esta situación, le planteamos al lector las siguientes cuestiones:

¿Se montaría usted en un autobús o en un taxi cuyo conductor ha obtenido el carné de conducir con esta nueva legislación? 

¿Se sentiría tranquilo al ir caminando por la acera de cualquier calle?

 ¿Cruzaría por algún paso de cebra? 

¿Circularía con su coche sabiendo que los nuevos conductores no se saben las señales ni respetan a las autoridades?

Esto no es una broma ni una exageración. Es la realidad que se vive hoy en todos los centros educativos. 

                                          José Alberto Gutiérrez Fernández es profesor; licenciado en Ciencias Matemáticas, ha pasado por varios IES y ha sido director en dos de ellos. Es colaborador de Progreso adecuadamente



TIZAS ROTAS
Autor: Pablo Ángel Gil Morales
Editorial DONBUK
Relato
536 páginas
Encuadernación en rústica: 20,99 €
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Desde el 23 de diciembre en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com