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lunes, 16 de enero de 2023

TIZAS ROTAS. Una crónica sobre las enseñanzas medias.

Una primicia de Miguel Esteban Donoscuro

Con el título de TIZAS ROTAS y el subtítulo de TREINTA Y TRES AÑOS EN SECUNDARIA, se encuentra ya en el mercado el libro de Pablo Ángel Gil Morales. El autor -que ha sido profesor de instituto-, en esta ocasión nos presenta un relato que consiste en una crónica del periplo profesional de un docente de Secundaria. Su experiencia profesional le ha llevado a escribir un texto sobre los aspectos centrales de la profesión en el momento actual. La obra no recoge las consabidas o inevitables anécdotas que cuentan los profesores sobre lo que sus alumnos dicen o piensan, o, al menos, no es esto lo esencial en el libro. La parte principal del relato está, por el contrario, dedicada a anécdotas o a episodios protagonizados por los propios profesores, a sus idas y venidas, a lo que piensan de su trabajo y a lo que les aturde o no entienden.


El relato tiene la forma de narración en primera persona, como su anterior libro. Esta técnica le confiere un gran sabor de autenticidad y, aunque no se trata de una biografía, sí que se inspira en las cosas que el autor llegó a conocer, a disfrutar y a padecer durante su vida docente. 

El autor no ha rehuido de los aspectos menos agradables del quehacer de los profesores en los IES. Así, aparecen en la historia diversas y cuestionables situaciones cotidianas del trabajo de un profesor: las antipáticas y polémicas guardias para sustituir a los compañeros ausentes, la inoperancia de muchos alumnos, la insolidaridad de muchos padres y madres, el cuestionable papel de los inspectores de educación, la retahíla de las poco logradas leyes educativas, e, incluso, los rincones de barbarie e ignorancia pedagógica que existen entre el propio profesorado. 

Precisamente, porque el último punto mencionado no es ignorado ni evitado, es por lo que este texto no merecerá ser tachado de corporativista por ser un relato de vanagloria o sobre el buen hacer del profesorado. Todo lo contrario, es en gran parte muy autocrítico, ya que no solo admite su inicial ignorancia pedagógica sino que, sin remilgos, también dirige su mirada hacia un determinado lugar: el ocupado por aquel sector del profesorado que desempeña con bastante desvergüenza la profesión. Así que no solo trata de defender a los profesores frente a la confusión y deriva de las leyes y normativas educativas actuales, sino que tampoco rehuye señalar las conductas poco profesionales. En sus primeras páginas encontramos este aviso al lector.


La deriva educativa actual es, desde luego, el motivo principal del relato, como comprobará el lector a medida que avanza en él, a la vez que se va haciendo presente un sentimiento de impotencia ante la mucha inutilidad de la labor educativa del protagonista. El libro es un viaje desde la esperanza de sus inicios como profesor hasta el desencanto de su final laboral y creo que el lector entendido o interesado en el tema encontrará bien descrito en el relato el pobre panorama de la situación actual.

Este libro no gustará a mucho profesional de la pedagogía embarcado o comprometido con el sentir oficial de la política educativa emprendida hace varias décadas. A otros pedagogos menos militantes puede que sí les agrade porque encontrarán en él un respeto hacia su profesión que pocas veces les ha sido concedido por gran parte del profesorado. La neopedagogía no es toda la pedagogía, ni mucho menos; igual que la antipsiquiatría no es toda la psiquiatría, por fortuna.
                                                                                                    Miguel Esteban Donoscuro


TIZAS ROTAS
Editorial DONBUK
Relato
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición en formato digital: 4,99 €

De venta en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com




 

miércoles, 11 de enero de 2023

AD TIZAS ROTAS

Por José María Santos Blanes

Cuando en el año 87 llegué sin remeros a Sanlúcar de Barrameda, descubrí un cielo muy azul y un río que no me permitía sospechas por estrechez de perspectiva ni por prepotencia de interior. Descubrí una muy importante apertura de mente de secano que, más tarde, se convertiría en apertura de imágenes, ingenio, gracia y donosura.

Anteriormente, me topé de frente con un IES del Puerto de Santa María -llamado “Mar de Cádiz”- en el que confundí, por mi ceguera cordobesa, al director por directora (matizo que tenía voz de mujer del PSOE).  Él no se molestó, yo tampoco. Alquilé residencia, oscura, relativamente cara e imprevisible. Estaba en prácticas.  Aún así, sentíame contento por encontrar luz marítima, ese olor a sal y a pino que hoy parece inservible para la nueva hornada de jóvenes.

Después, tardé diez días en ser trasladado a la susodicha Sanlúcar donde ejercí como profesor en prácticas durante un año magnífico, en el que logré distinguir algunos tipos de pescado que no había degustado casi nunca. ¡Éramos aún tan jóvenes!

Llegó mi etapa en la cuna del flamenco más populista en el IFP del Canal. Una enorme frontera llena de gente muy diversa: viejos agradables, medianos prepotentes y nuevos que circulaban sin destino hacia el bar del centro: auténtico “factótum” de los que se creyeron que era solo un lugar de recuperación.

Comencé a creer en el sino, en el destino de los humanos, cuando ya se acababa el año 88. Pero, cuando comenzó el 89 desistí de amistades, a no ser por Masto, increíble, sensible, ciertamente enterado de las inmundicias que no lo dejaban vivir y que, yo, con mi inoperancia efusiva, logré recuperar en su faceta más estricta, descubrir su deseo de igualdad de “género”. Aún lo quiero.

Cuando, de pronto, surgió un sujeto barbudo, relativamente escuchimizado, muy inteligente y comprometido, al que al principio desechamos por la severidad en sus actos, los cuales no mejoraban nuestra locura de jóvenes despeinados ni la rigidez en el análisis del ajeno.

Este buen escritor es el que ahora presenta “Tizas rotas”. Un encuentro de amistad, un severo hombre sin delirios de grandeza, un ser humano que toma café en cualquier sitio sin reparos, un buen doctor, un marinero navegando por el ancho mar educativo, un ayudante de los que todavía seguimos aprendiendo y un extraterrestre que no deja de mostrar su nave estratosférica; la misma que nos llevará a la felicidad eterna por su enorme corazón, a no ser que Corto Maltés, en su impasibilidad de héroe, nos conduzca al abismo de los que no pasarán a la historia.

José María Santos Blanes, filólogo; ha sido profesor de instituto.


De venta en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com


sábado, 7 de enero de 2023

Nueve preguntas tras leer TIZAS ROTAS

🎤 EL AUTOR RESPONDE     

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Por José María Santos Blanes

Semanas antes de que el libro llegara al mercado pude proceder a su lectura, pues Pablo me había facilitado por entonces la que sería la maqueta definitiva del mismo. Lo hice con interés y, como soy lo que se dice un devorador de libros, a los pocos días había dado cuenta de este. Su lectura reavivó en mí sensaciones de cierta nostalgia por mi pasado docente, a la vez que, inevitablemente, volví a repasar situaciones decepcionantes relacionadas con mi trabajo. En mi caso, la nostalgia no le gana a la decepción; al menos, todavía no le gana. No sé cómo me sentiré cuando pasen más años desde mi acceso a la jubilación, aún reciente. Alentado por él mismo, le he planteado a Pablo las siguientes cuestiones, que adquieren así la forma de una entrevista.

1.- ¿Qué le llevó a escribir una semblanza sobre su trayectoria en el mundo educativo?

Posiblemente fue la sensación de no haber cerrado bien la puerta a mi salida. Cuando llega el final, la jubilación, todo se acaba de golpe. Un día eres profesor y al día siguiente ya no. Para siempre. El descanso es muy ansiado, pero, en mi caso, llegaba a él bastante disgustado, bastante decepcionado. Me quedaron cosas por decir y creo que este libro es la respuesta. Llevaba mucho tiempo de contradicción y de incomodidad por lo realizado. Más bien, por lo poco realizado. Escribir fue como ordenar un poco el pasado. A medida que lo hacía, volví a sentir la ilusión que llegué a tener en mis inicios. Eso me ayudó bastante y salió un relato más largo de lo que había calculado al principio.

2.- El adjetivo “rotas” junto al sustantivo “tizas” es perfectamente asimilable. Pero, ¿no parece que desecha usted las nuevas tecnologías en la enseñanza o es que aboga por la enseñanza tradicional?

No. Claro que no. Las nuevas tecnologías son un regalo. Lo que ocurre es que la pizarra tradicional es la imagen o el icono más ligado a la profesión, y por eso elegí ese título. También sucede que, como recursos del pasado, la pizarra y la tiza, vuelven una y otra vez al aula cada vez que fallan los nuevos medios. Puede que vuelvan en la versión moderna, la de la aborrecible pizarra blanca de plástico con sus rotuladores de tinta. A mí me gustaban más las tizas, aunque me manchara las manos. Volviendo a las nuevas tecnologías, no solo no las rechazo sino que me parecen muy interesantes, como lo fueron en su momento la incorporación de otros recursos en el aula. Me refiero a los televisores, los vídeos, las diapositivas, las transparencias... Y, retomando lo de rotas (lo de tizas rotas), es fácil conectar este estado de rotura con el que también siente una parte del profesorado. Un profesorado roto, maltratado, menospreciado.

3.- Como docente leo su libro y comparto gran parte de sus afirmaciones sobre la deriva en la ha desembocado la enseñanza; sin embargo, ¿qué cree usted que pensarán los teóricos de las distintas propuestas educativas que se han presentado a  lo largo de estos últimos 30 años?

En general, estos teóricos no dan clases en los lugares donde deben aplicarse sus propuestas, que son los colegios y los institutos. Puede que algunos den clases en las universidades, que son lugares y entornos muy distintos, con muy poca personalización en el trato al alumnado. La universidad dista mucho del aula rural; eso lo entiende cualquiera, ¿no? Pues yo sostengo que viene a distar lo mismo del último curso de bachillerato o de la formación profesional. ¿Que qué piensan estos téoricos? Vete tú a saber. Por lo pronto, creo que muchos no se aclaran con el lenguaje y los términos que utilizan. Tan pronto parecen de la Nueva Escuela como, unas líneas más abajo del discurso, ejecutivos o jefes de venta de una empresa o un negocio multinacional. Puede que piensen que los profesores y los maestros no tenemos ni idea; que no queremos aprender cosas nuevas; que no somos modernos; que no leemos; que somos conservadores y gente atrasada; que vivimos muy bien y no nos interesan los cambios; que no debemos cuestionar sus propuestas; que no los entendemos... El problema es que estos teóricos están en una órbita muy alejada de nuestras aulas. Creo que ellos viven en el cóctel. En su cóctel de ponencias y ocurrencias de salón. No manejan tizas rotas. Es, por ejemplo, como comparar al los que deciden en el Vaticano con los misioneros. Puede que estemos en la misma empresa, pero los teóricos nunca barren el taller. Nosotros lo hacemos todos los dias. Y cada día hay más basura que barrer y menos tiempo para educar y formar. Eso o lo ignoran o lo persiguen. No lo sé.

4.- ¿Observó alguna mejoría en el alumnado y el profesorado cuando estas leyes educativas se iban imponiendo?

Yo no las he apreciado. Por más que me he intentado adaptar al sistema educativo, sobre todo en la primera mitad de mi carrera profesional, no puedo decir que haya mejorado la calidad de la educación. Donde creo que se ha avanzado es la universalización de la educación. Eso es positivo. Pero, en el fondo, creo que ha sido a base de hacerla más mediocre, menos ambiciosa. Por ejemplo, la ratio profesor-alumno sigue siendo un problema en las enseñanzas medias; un problema pedagógico de primera al que se le da una solución estúpida: perseguir al profesor que no aprueba. Si se pierde una guerra, la culpa es del soldado. No importa que esté solo o que no tenga armas. Es su culpa y punto. 

5.- ¿ Hubo algún profesor que anunciara el desastre que se vislumbraba con los cambios que se proponían?

Desde el principio hubo profesores descreídos a mi alrededor, porque es muy cómodo y fácil ser agorero. Yo no les hacía demasiado caso y tendía a pensar que no les gustaban los cambios porque estaban muy cómodos en su trabajo. Es decir, yo pensaba como creo que piensan los teóricos hoy en día de los profesores. Quizá fui algo ingenuo, pero era lo que me tocaba porque estaba muy verde y tenía ganas de crecer. Y eso me permitió conocer y practicar más a fondo las nuevas propuestas. Aprendí cosas. Muchas más que los vociferantes gratuitos. Me desarrollé, por ejemplo, en algo tan fundamental como el campo de las distintas técnicas educativas, cosa que muchos profesores no hicieron como reacción u oposición ante las nuevas propuestas. Esta postura la considero torpe. Muchos catalogaron toda nueva propuesta como innecesaria y horrible si no coincidía con lo que ellos venían haciendo. Eso es un error. Algunos, al no aceptar lo nuevo, medio se defendieron con sus métodos antiguos porque eran serios y rigurosos trabajando al estilo tradicional. Otros, que ni siquiera trabajaban bien con el estilo tradicional y ejercían como malos profesores, no solo no aceptaron nada nuevo, sino que se beneficiaron del clima enrarecido ocasionado por las diversas reformas. Achacaron su propio fracaso vital y profesional, su propia mediocridad, a la llegada de cada novedad en el sistema educativo, cuando, en realidad, ya eran una calamidad con el anterior. Hay que repartir las culpas.

6.- ¿Realmente considera usted tan importante la educación como para hacer una reflexión de la misma que llegue a concienciar a los padres, a los alumnos y a la sociedad en general? ¿ O considera que a la mayor parte de la sociedad solo le interesa mantener a sus criaturas ocupadas durante 6 horas en los centros, indistintamente de lo que aprendan?

Creo que la educación merece esta reflexión. También creo que a buena parte de la población esto le resbala. Solo en el futuro se verá quien sale más beneficiado, si el preocupado o si el pasota. El preocupado se preocupará por formarse debidamente y lo hará por su cuenta, al margen o complementando lo que le ofrezca la educación pública. El pasota vivirá de la beneficiencia del sistema y puede que esto le baste.

7.- ¿Se es más crítico con tizas rotas o con ordenadores productivos?

No hay diferencias si no se es un fanático de su propia opción. Hay que ser críticos, autocríticos y no conformistas. Es lo que recomiendo. No descarto ningún recurso. Quiero adquirir un nuevo ordenador, más potente y más rápido. También quiero encuadernar viejos libros. Todo sirve.

8. ¿Si fuese usted alumno, se quejaría de la enseñanza que se imparte hoy en día o solo intentaría aprobar sin más?

Si fuese alumno de enseñanzas medias sería un gran ignorante y no estaría en condiciones de plantearme la cuestión. Me quejaría, como siempre han hecho los alumnos a esta edad, por mil cosas. Pero eso no me capacita. Son las hormonas de la edad.  Intentaría aprobar y no creo que me cuestionara si estoy aprendiendo o no. No sería tan maduro aún para ello. Me aprovecharía del profesor mediocre y sufriría con el exigente, como toda la vida. Y, si fuera un borde, recurriría a la ayuda de mis padres o a la ayuda de la inspección educativa para sortear al profesor exigente.

9. Muchos políticos de distintas tendencias creyeron y creen en estos continuos cambios en la enseñanza, a pesar que ninguna de sus leyes educativas haya forjado realmente. ¿Por qué cree usted que, hoy, muchos de ellos reniegan de esos cambios? ¿O cada uno ha ido quejándose en función de que mandaran o no en el Parlamento? 

Algunos que han dejado de ser políticos caen después en la cuenta del desastre educativo que han permitido. Hacen declaraciones que son casi una confesión de culpabilidad, pero ya la cosa no tiene remedio porque ya no influyen en los que siguen en el tajo político. Pueden salir en los medios y hacer una entrevista simpática, pero todo queda en eso. Ejercen la autocrítica a destiempo, cuando el partido de fútbol que jugaban ha terminado para ellos. A otros políticos les importa una mierda el problema porque viven en mundos selectos, alejados del embrollo y con pasta suficiente para educar a sus hijos en escuelas privadas. En general, los profesores de a pie les importamos un comino a todos ellos. No estamos invitados ni a las entrevistas de los políticos jubilados ni al cóctel de los actuales con los expertos que les asesoran. Es lo que hay.

José María Santos Blanes, filólogo, ha sido profesor de instituto y es colaborador de Progreso adecuadamente

 

TIZAS ROTAS

Editorial DONBUK

Año 2022

Relato

Rústica: 20,99 €

Ebook: 4,99 €

Desde el 23 de diciembre de venta en en www.donbuk.com y en www.amazon.com

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martes, 27 de diciembre de 2022

Una conversación con Croquer-Harris


Por Pablo Ángel Gil Morales

He tenido un sueño sobre una pesadilla. En realidad, no era una pesadilla en sí; lo que ha ocurrido es que he soñado con un tema que es para mí como una pesadilla. He soñado sobre la educación. Es un tema que no tengo resuelto y que me aturde, porque me acompaña la sensación de que, aunque estoy jubilado, no cerré de forma satisfactoria mi etapa o mi vida como profesor. No enseñé todo lo que quise. No pude. Creo que no me dejaron. Creo que hice mi trabajo solo a medias, no por falta de ganas o interés, sino por imperativo administrativo; por un freno impuesto desde arriba que rebajó tanto mis aspiraciones educativas que estas no se cumplieron y pasaron a ser, así, apenas torpes bocetos mal trazados de un proyecto más valioso que no pude desarrollar.

            En mi sueño hablaba con Croquer-Harris, el profesor de La versión Browning, la obra de teatro de Terence Rattingan. Este drama ha sido representado en muchas ocasiones e incluso llevado al cine. Aunque he leído la obra, solo la he visto en formato cinematográfico y conozco dos adaptaciones: la de Antony Asquith (1951) y la de Mike Figgis (1994). En la primera de ellas el personaje de Croquer-Harris tiene la cara de Michael Redgrave; en la segunda, la de Albert Finney. Prefiero, sin duda alguna, la primera película. A pesar de esta elección, las dos interpretaciones son excelentes. Las dos. Son dos actores formidables y, seguramente por ello, ha aparecido Croquer-Harris en mi sueño con dos caras, porque aunque iniciaba mi conversación con Redgrave, a veces este cambiaba su rostro al de de Finney.

            Croquer-Harris no se ha sentido mejor cuando ha leído mi libro Tizas rotas. Estamos en una salita con un escritorio que debe ser el suyo, el de la película de 1951, porque incluso creo que el sueño, al comienzo, es en blanco y negro.

            —¿Por qué has escrito este libro? Yo descansaba muy a gusto y no me ha agradado recordar el pasado.

            —No lo escribí para usted. Es cierto que lo tenía en mente, pero no estaba dirigido a usted. De todas formas, hablo muy bien de su labor, de su modelo…

            —Ahí es dónde te has equivocado. Yo no soy un buen modelo de profesor.

            —No estoy de acuerdo.

            —Déjame seguir. Yo creo que me centré demasiado en la materia y me olvidé de mis alumnos. No estuve a la altura en lo que respecta al lado humano de la educación. Fui demasiado severo con ellos y me merecí el calificativo de "Himmler del Quinto Inferior".

            Ahora su rostro ha cambiado. Es Albert Finney el que habla para matizar lo que acaba de comentar el Croquer-Harris de Michael Redgrave.

            —Bueno, más bien Hitler que Himmler —dice Finney. Esto se deberá a que en la versión de 1994, se ha sustituido el sobrenombre de Himmler por el de Hitler.

            Me quedo pensando un poco y paso a contestarle.

            —Precisamente viene muy a cuento esto de cambiar a Hitler por Himmler. Tiene que hacerlo el guionista de la película de 1994 porque, debido a la merma educativa y a la ignorancia, el público, el alumnado nuevo, no sabe quién fue Himmler.

            Croquer-Harris parece algo perplejo.

            —Además —le sigo diciendo—, cuando usted se despide es aclamado por sus alumnos por su intervención.

            Croquer-Harris duda antes de intervenir y tuerce un poco el gesto. Parece amargado, algo que siempre está presente en la película.

            —Fue porque les pedí perdón. Solo por eso.

            —¿Eso cree usted? Yo creo que no hubiera aplaudido a alguien que me hubiera despreciado o maleducado durante años por el simple hecho de que me pidiera perdón al final.

            —La juventud es generosa.

            —La juventud es generosa, es impulsiva y es fácil que se deje arrastrar por la emoción en un momento dado, es verdad. Pero el guionista no creo que lo considerara así. En el fondo pienso que lo aplaudían por su esfuerzo, por la labor de tantos años…

            —Eso solo mi alumno Taplow, mi admirador. —Es otra vez Michael Redgrave el que habla—. Además, debes recordar que esta escena no está en la obra original. Es una aportación de la película.

            —Es cierto. Al leer la obra de teatro vi que no contenía su discurso de despedida. De todas formas, tiendo a creer que el agradecimiento contempla también su sacrificio y su seriedad.

            —Lo dices porque así lo quieres creer.

            —Necesito creerlo. Si no hubiera algo de verdad en ello, mi labor como profesor habría sido completamente inútil.

            Calla y parece rememorar. Es un hombre atormentado. Propone otra escena.

            —Me burlé de los modernos métodos de la psicología educativa. El espíritu humano es más importante que el Latín que tenía que enseñar.

            —Pero no son cosas incompatibles. Usted llegó a decir que se enseña más con risas que con excesiva seriedad. Eso no elimina la enseñanza, ni la sustituye por la risa.

            Yo también reflexiono sobre mis palabras. He sido un profesor más bien simpático la mayor parte del tiempo. Ahí no creo haber fallado. Croquer-Harris sí lo olvidó hace mucho tiempo.

            Lo admiro, pero no tanto por su seriedad como por su rigor. El problema del rigor en la enseñanza es que, demasiadas veces, va acompañado de distanciamiento afectivo y se termina por convertir o en aburrimiento para el alumnado o, mucho peor, en ensañamiento del profesorado.

            Croquer-Harris tuvo una segunda oportunidad, algo tardía. Tras su despedida de la escuela donde tantos años pasó, se trasladó de centro. Tengo que preguntarle qué tal le fue. Eso no se trata ni en la obra de teatro ni en las películas.

            —¿Cómo le fue después? ¿Cómo terminó su carrera?

            Se sorprende. Redgrave parece que no lo sabe. Es Finney quien me contesta y, es curioso, como tantas veces sucede en los sueños, se han desdoblado y ahora están los dos presentes en la escena.

            —Fue fácil y agradable. Apenas tuve que trabajar o preparar las clases. Me relajé y dejé que fueran los alumnos los que tomaran la iniciativa.

            A medida que Finney habla, Michael Redgrave parece sorprenderse, como si no recordara nada o como si no estuviera de acuerdo. Tal vez él no fue capaz de relajarse y esta iniciativa solo la tomó Finney.

            —Bien poco aprenderían, ¿no? —pregunta el Croquer-Harris de la película en blanco y negro.

            —Bien mirado, casi nada —contesta Finney en colores—. Pero les llegué a caer bien.

            —Te envidio —le contesta Redgrave—. No estoy de acuerdo, pero te envidio.

            Me he despertado lamentando dos cosas: por un lado, por ser este sueño una pesadilla sobre el tema educativo; y, por otro, por lo corto que fue el propio sueño. Tengo que vivir con esta contradicción. La misma que tuve que soportar durante mi vida profesional; disfruté solo a ratos y me frustré mucho en una profesión que debía haber sido muy gozosa: el cuidado y moldeado de la juventud.


TIZAS ROTAS. Treinta y tres años en Secundaria.
Editorial Donbuk
Año 2022
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición digital: 4,99 €

Se puede adquirir en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com



          

Ficha del libro TIZAS ROTAS

Título: TIZAS ROTAS. TREINTA Y TRES AÑOS EN SECUNDARIA .

Autor: Pablo Ángel Gil Morales

Género: Relato

Año: 2022

Editorial: DONBUK

Edición: Rústica; 21 x 15 cm.

Extensión: 536 páginas

Precio: 20,99 € (IVA incluido)

En formato digital el precio es de 4,99 € (IVA incluido)

Se puede adquirir en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com


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Entrevista con el autor de TIZAS ROTAS

  Tizas rotas (Editorial DONBUK, 2022)


Una entrevista de Rut H. White

En esta ocasión me ha resultado muy fácil contactar con Pablo Ángel, pues ya lo pude entrevistar cuando publicó su anterior relato, TIEMPO DE MASCONATOS. A pesar de su fama de huidizo no he tenido que recurrir a ningún intermediario y, simplemente, lo he telefoneado para concertar la cita en su propio domicilio. Esta se produce un par de tardes después. Nos instalamos en el salón de la casa y me sirve café. Él lo toma descafeinado. Procedo con las preguntas.

P.- TIZAS ROTAS se trata de un libro muy diferente al anterior, por lo que veo.

R.- Sobre todo por el tono. Este libro es poco complaciente si lo comparas con TIEMPO DE MASCONATOS.

P.- El subtítulo de la obra, “Treinta y tres años en Secundaria”, parece anunciar su experiencia docente, ¿no es cierto?

R.- Así es. La cifra de treinta y tres años redondea a la de los treinta y dos y medio que me llevé en la profesión. Treinta y tres años es una cifra que resulta más idónea, es mucho más llamativa y resulta menos prolija que treinta y dos y medio, que es la que corresponde a mi caso.

P.- Porque el libro es autobiográfico, ¿no?

R.- No. Mi biografía no es interesante para nadie, salvo para mi familia. Lo que ocurre es que solo puedo hablar de las cosas que conozco y es inevitable recurrir a mi vida docente para montar un relato sobre un profesor de instituto. Modifico algunas circunstancias sobre la geografía, los centros de trabajo y las personas. Solo trato en el relato temas profesionales. La vida privada del protagonista permanece al margen y no escribo apenas sobre ella, tan solo lo que resulta pertinente para la historia que cuento.

P.- Pero coincide que el protagonista del relato, Carlos, también resulta permanecer treinta y dos años y medio en la profesión.

R.- Sí. Se jubila en cuanto puede, al cumplir sesenta años, como yo y como la mayoría de los funcionarios públicos docentes que conocí. Este no es tanto un detalle personal o biográfico insólito, sino que resulta muy común y viene a reflejar bastante el hastío y la desilusión de gran parte del profesorado.

P.- ¿Tan desilusionado está el profesorado?                 

R.- Entiendo que lo está. De esto solo saben los que conviven con algún profesor de instituto.

P.- Sin embargo, hay quien está muy cómodo con sus horas de trabajo, con su vocación…

R.- Gente cómoda sí que hay. Generalmente los que no hacen nada, los que pasan lista y no se preparan las clases, los que no cambian de método nunca, los que no leen sobre su materia o sobre pedagogía… Como en cualquier profesión, en la enseñanza hay tunantes, pícaros, flojos y aprovechados. Es curioso, pero muchos de estos dicen que sienten una gran vocación por la enseñanza. Yo creo que lo que sienten es una gran comodidad por no ser cuestionados nunca por los jefes.

P.- ¿No son controlados?

R.- Se controla la asistencia y se controla, sobre todo, que no resulten ser profesores que suspenden demasiado.

P.- Eso que dice resulta un poco fuerte.

R.- Y antipático, pero es verdad. Vivimos unos tiempos en los que lo que importa es no molestar. No importa que no se enseñe. Lo importante es no molestar y, por tanto, en este campo lo importante es no suspender. Un profesor que no suspenda, no tendrá nunca problemas con la Administración, ni con los alumnos, ni con los padres de estos.

P.- Esto resulta algo caricaturesco.

R.- Pásese por un instituto. Hable con los profesores. Conozca sus miedos. Observe lo que hacen en sus clases. Lea las programaciones de las materias. Asista a las reuniones del claustro, a las de los equipos educativos o a las de los departamentos. Introdúzcase en este mundo. Es lo que hago en mi relato.

"En general, los alumnos saben quién les ha enseñado algo y, desde luego, saben con quién no han aprendido nada"

P.- Habrá de todo, claro.

R.- De todo. Lo malo es que no abunda lo valioso, sino lo mediocre y lo increíblemente mediocre. ¿No tiene Ud. hijos que hablen de sus profesores?

P.- Sí. Alguna vez hablan bien de unos y mal de otros.

R.- Pues eso. En general, los alumnos saben quién les ha enseñado algo y, desde luego, saben con quién no han aprendido nada.

P.- Con este libro no va a hacer muchas amistades con parte del profesorado.

R.- Ni lo pretendo. Lo que quiero es dejar constancia de una realidad de la que la sociedad no está suficientemente informada. Tenemos una enseñanza muy mediocre y nada rigurosa, tanto porque hay profesores mediocres como porque el sistema educativo es endeble y de risa.

P.- Pero, sin embargo, se tiende a pensar que la enseñanza es hoy mejor que antes.

R.- Si dice que es mejor porque no te castigan o no te azotan estoy de acuerdo. Eso no lo discuto y por ahí no me va a encontrar. Es un argumento bobo, como de ley del péndulo o de ver las cosas solo en blanco y negro. No es eso lo que quiero señalar. Lo que digo es que la educación de hoy no es mejor que la que yo recibí, en lo que se refiere a los conocimientos y el trabajo que se le exigen al alumno, que cada vez son menos. Ahí radica gran parte del problema actual. Todo está embarullado y diseñado para hacer creer a los ciudadanos que el sistema educativo es de gran calidad. Yo no estoy de acuerdo y, por el contrario, pienso que cada vez es peor y muy endeble en este sentido.

P.- Dicen que antes era todo más teórico y hoy es más práctico. Eso es un buen avance, ¿no?

R.- Es que no es verdad. Es lo que se dice, pero no es verdad. Pregúntele a alguien que tenga menos de cuarenta años cuánto es un metro, que lo señale sobre el terreno. Con la reciente pandemia mucha gente de las nuevas generaciones no apreciaba ni calculaba bien cuánto era metro y medio o dos metros de separación entre las personas. La inmensa mayoría de los alumnos no sabe calcular cuánto son diez metros en la pista deportiva. La mayoría piensa que el mundo atómico y subatómico es de planetitas y órbitas. No saben interpretar la composición de los alimentos ni su valor energético. “Esto tiene hidratos de carbono, pero no lleva azúcares”, he escuchado muchas veces. También habría que decir mucho acerca de que la educación del pasado solo era teórica y memorística. Con ese postulado, por un lado, parece ridiculizarse o rebajar la importancia de lo teórico y la importancia de la utilización de la memoria; por otro, se obvia que la educación siempre ha contenido un aspecto práctico ineludible. Esto de describir la educación antigua como únicamente basada en la lección magistral es una forma de tildarla malévolamente. Yo siempre estaba haciendo cosas: lecturas, cuadernos, resúmenes, tareas, problemas, supuestos, laboratorio, microscopio, excursiones, juegos, dibujos, trabajos manuales... Y no únicamente escuchando una lección magistral del profesor, que, por cierto, también tiene su cabida, su lugar, su propio sentido y valor. ¿Acaso los educados en mi generación hemos salido poco competentes o tontos de salón? Yo creo todo lo contrario; que sí que salimos bastante más competentes para andar por muchos más terrenos que los jóvenes de ahora. ¡Pues anda que no hemos tenido que adaptarnos a cambios y a novedades! Y lo hemos hecho, entiendo, gracias a nuestra formación, preparación y disposición, que a su vez, algo tendrán que ver con la educación recibida. 

P.- Pero el protagonista de su relato sí creyó en la necesidad de las reformas educativas en su momento.

R.- Sí. No estaba contra las reformas porque siempre hay que mejorar el sistema. Lo que ocurre es que el sistema no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado. 

P.- ¿Por qué muchos profesores están tan en contra de la pedagogía?

R.- Esto es complicado. Por un lado, si se es benévolo con el profesorado, hay que admitir que las últimas leyes educativas y sus desarrollos contienen una jerga de términos y neotérminos que no conducen nada más que a confusión. En muchos apartados se mezclan o incluyen conceptos que pertenecen a diferentes categorías. Los profesores, y antes que nada los de filosofía, se escandalizan con estos planteamientos tan desordenados. Por otro lado, mucho profesorado también está en contra de la pedagogía por ignorancia.

P.- ¿Por ignorancia? 

R.- Sí, por ignorancia. Es como estar en contra de la psicología. Hay que estar en contra del mal psicólogo o del pedagogo desnortado, pero no de sus ámbitos científicos. Lo que ocurre es que mucho profesor no solo no se ha formado mínimamente en pedadogía o en didáctica, sino que ha confundido estos campos con las neopedagogías imberbes y escasamente fructíferas que nos invaden desde hace años y que alucinan a nuestros políticos. El resultado es que, a muchos, todo lo que suene a pedagogía les parece inútil. Es un gran error.

P.- Volviendo al libro, sus capítulos son muy diversos. Cuenta la evolución profesional del protagonista, sus comienzos entusiastas…

R.- Sí. Entusiastas y discretos. Carlos es alguien, como yo, que no se educó ni estudió para ser profesor. Es casi un intruso en la enseñanza y tiene que partir de cero. Creo que esta condición, la de venir de fuera, la de allegado, le proporciona una visión o una perspectiva privilegiada. Si bien ha de aprender a marchas forzadas, también puede mantener una cierta mirada objetiva, desde fuera. Es un poco eso que los antropólogos como Marvin Harris llamaban mirada o punto de vista etic.

"Esto de la vocación es un poco místico y, por tanto, un poco mítico o de cuento de hadas"

P.- Hay un capítulo muy tajante sobre lo que el profesor protagonista aprendió de sus alumnos.

R.- Sí. No aprendió nada. Mantener lo contrario es una cursilería, palabras bonitas de película romántica sobre la educación. Carlos así lo manifiesta porque considera que perder el tiempo en debates nimios entorpece la labor del profesorado. Hay mucho romanticismo trasnochado docente, como cuando los profesores hablan de su vocación.

P.- Este tema es interesante. El protagonista no tenía vocación docente.

R.- No. Lo que tenía era hambre. Decidió cambiar de profesión porque estaba en paro como médico y vio una oportunidad en el mundo docente para subsistir y mantenerse. Sus estudios lo hicieron competente y con capacidad de adaptación a lo nuevo.

P.- Pero, sin vocación, ¿no es más difícil?

R.- Esto de la vocación es un poco místico y, por tanto, un poco mítico o de cuento de hadas. Lo que hace Carlos es tomarse su trabajo en serio. Conocedor de sus limitaciones profesionales, intenta aprender cuanto puede para resultar mínimamente un profesor digno. Esto lo conduce a distinguir muy pronto lo valioso y a despreciar lo superficial o, lo que es peor, lo fraudulento.

P.- ¿Hay muchos profesores como Carlos?

R.- Es una pregunta casi personal porque, lógicamente, el protagonista está basado en mí. Carlos no es el mejor profesor del mundo. Es, simplemente, un profesor que intenta ser serio con su trabajo. Hay muchos. Los hay. Pero, siento decirlo, no son la mayoría en la enseñanza. Como en cualquier otra esfera humana, en cualquier otra profesión, lo que abunda no es la excelencia, por utilizar un término algo desprestigiado en la enseñanza. Carlos no es excelente. Es trabajador y es cumplidor. Y, sobre todo, lo que no es Carlos es creyente en la religión del no esfuerzo en el aprendizaje y de la aceptación de la mediocridad.

P.- Que Carlos sea un profesor de Educación Física, ¿lo incapacita para ofrecer una visión ajustada o más completa de la enseñanza?

R.- Casi le ha faltado decir “un mero profesor de Educación Física”. No pasa nada. Estoy acostumbrado a que esta asignatura sea tildada de maría, porque, en realidad y por su consideración administrativa, lo es. Carlos empieza como profesor de esta asignatura para convertirse enseguida en profesor de materias menos marías en el seno de la Formación Profesional. También ha sido tutor de Secundaria, secretario del instituto, ha impartido clase de Fisiología en los bachilleratos experimentales, talleres de Sexología, Educación para la Ciudadanía, cursos en el centro del profesorado, ha estado en la innovación educativa, llega a ser catedrático, escribe libros de texto, recibe un premio nacional de enseñanza… Creo que ha tenido la suficiente experiencia como para saber resumir e interpretar acertadamente la vida y el funcionamiento en un instituto; en un instituto de barrio, que es aún más complejo, por decirlo así.

P.- ¿Carlos se haría profesor hoy en día?

R.- Con lo que Carlos sabe ahora, no. Pero esa situación es imposible. Cuando se empieza en una profesión no se sabe lo que te espera. Así que, puede que sí, que Carlos eligiera ser profesor hoy. El asunto de la vocación llegaría después de dar el paso, como me ocurrió a mí.

P.- ¿Cree que el libro se puede recomendar a alguien que empieza en la profesión?

R.- Bueno, creo que su lectura le ayudará a conformar su visión sobre el mundo educativo. Puede encontrar en él rincones curiosos o ideas para desarrollar en su día a día y, sobre todo, puede encontrar advertencias sobre lo que no conviene ni explorar.

P.- ¿Qué ha sido lo más positivo en su paso por la enseñanza?

R.- Encontrar buenos compañeros con los que trabajé y congenié. Los tuve y algunos se convirtieron en amigos verdaderos. Curiosamente, la labor del profesor es muy solitaria, siempre estás solo ante el alumnado. Así que, si se tiene la oportunidad de compartir aula con otros profesores, se puede crecer mucho profesionalmente. He dicho se puede. No siempre es así. Hay veces que es mejor volver a tu soledad.

P.- ¿Y lo peor?

R.- Que el sistema educativo no me dejó enseñar todo lo que yo consideraba interesante y valioso. 

"Ahora en los centros educativos muy a menudo se aprende a no aprender"

P.- ¿No ve nada positivo en la situación actual?

R.- La universalidad de la enseñanza. Pero ha venido acompañada de una gran rebaja en el rigor. No comparto esto. Para lo que se le ofrece al ciudadano actualmente en los centros educativos no hace falta un licenciado en la mesa del profesor. Puede resumirse así: los profesores actuales son ahora monitores de tiempo libre. Les basta con pasar lista y tomar nota de la presencia del alumno en el aula. Los exámenes parecen tener los días contados y son, cada vez más, puramente anecdóticos e intrascendentes, sin peso específico definitivo en la evaluación final. Si esto no se modifica, el supuesto ciudadano competente que se propugna, no será más valioso que un maniquí.

P.- Entonces, ¿los alumnos no aprenden mucho ahora?

R.- Aprenden algo que me parece un error. Voy a ser muy contundente al señalarlo y tómeselo como un titular. Despues vendrá la letra chica. Aprenden que no tienen que esforzarse demasiado ni que examinarse para seguir adelante en el proceso educativo. Si me permite un juego de palabras con la nueva terminología pedagógica, puedo concluir lo siguiente: Ahora en los centros educativos muy a menudo se aprende a no aprender. Miedo me da.

P.- A mí también. Me quedo algo preocupada. ¿No estará exagerando demasiado?

R.- He dibujado una caricatura a grandes rasgos. Hay que comparar este diseño caricaturesco con el día a día y comprobar hasta qué punto existen los defectos que he señalado y hasta qué punto han calado en la comunidad educativa.

La entrevista ha finalizado. Le doy las gracias a Pablo Ángel Gil Morales y retengo en mi mente esta última imagen, la de que todo no es más que una gran caricatura, demasiado crítica con un sistema educativo del que tantos políticos y expertos hablan muy bien. Sin embargo, compruebo que son ya muchos los profesores de a pie que no suelen coincidir con estos políticos y expertos. Como mínimo, es para pensarlo.

Rut H. White es corresponsal de Aprendí en el kiosco


 
TIZAS ROTAS. Treinta y tres años en Secundaria.
Editorial DONBUK
Año 2022
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