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viernes, 7 de julio de 2023

Aprendí mucho de mis alumnos

Por Pablo Ángel Gil Morales

Se trata de un artículo irónico donde el autor desmonta una expresión y una visión, entre romántica y  afectada, muy extendida y repetida (a saber, "yo aprendo mucho de mis alumnos"), pero que no conduce más que a falsear la realidad educativa, acercando esta a un cuento infantil de hadas, intragable para mentes críticas.

Pues va a ser que no. NO. Yo no aprendí nada de mis alumnos. Al menos, no aprendí nada realmente interesante. 

Cada vez que escucho o veo escrito esta especie de ridículo mantra, no puedo evitar pensar que este profesor es un cursi, o un mentiroso o un gran ignorante. 

Por empezar por el final, si el profesor que emite el citado mantrita es un gran ignorante puede que, efectivamente, sean sus alumnos los que le hayan enseñado cosas, resultando el proceso educativo extrañamente invertido.  En este caso, lo primero que se me ocurre -esto es muy importante para la empresa educativa que lo tuviera contratado como profesor- es que, ante este fraudulento arte de enseñar, al profesor ignorante se le debería reclamar el sueldo que recibió por... nada. No sólo no deberían haberle pagado un sueldo, sino que deberían haberle cobrado la matrícula. Es de lógica aplastante, aunque quizá ya no se lleva esto de la lógica.

Sigamos. Si el que emite el lírico y tonto mantra es un cursi, pues... en el fondo, ni él se lo cree. Estará intentando quedar bien; no sé si ante sus alumnos (me resisto a escribir "ante todos sus alumnos", pues es probable que incluso los haya tenido del tipo espabilado); no sé si ante sus padres (me da igual si son los padres de los alumnos o los padres del profesor); no sé si ante sus jefes (del colegio, del instituto, de la universidad, del ministerio...); y, por último, no sé si ante su dios o ante sus dioses prebostes pedagógicos (por lo general, pedagogos, con o sin titulación universitaria, pero tocados con brillante aureola santificada o reluciente yelmo de Mambrino, que cumple con la función de disimular su evidente calvicie pedagógica). La cursilería desentrañada -puede ser una explicación- quizá lo que hace es descubrir un intento del profesor para agradecer la atención de su alumnado. Si es así, que lo diga directamente y no se decante por salmos y proclamas angelicales. Si la cursilería lo que esconde es la humildad del profesor podría ser algo un poco perdonable,  pero también muy poco conveniente, porque no sólo desenfoca muy mucho, sino que alimenta sueños irreales y futura frustración en futuros profesores predispuestos a marearse mucho en el piélago de calamidades que les supondrá su servicio educativo.

¿Y si el profesor es un mentiroso? ¿Y si lo dice a sabiendas de que es mentira? ¿O lo dice porque cree en esa mentira? Inútil debatir sobre la función de la mentira, aunque se me ocurra que podría ser para escalar en la vida política. ¡Perdón, perdón! Política, no. He querido decir en la carrera profesional docente. Sí. Creo que es eso. Por otro lado, hay mucho docente que renuncia a la docencia y se hace político, pero ese es otro tema. Volviendo a la mentira, ésta no lo es si el que la emite cree en ella. Entonces ya no es mentira, sino equivocación; y el mentiroso no lo es, sino que es un equivocado... un merluzo... un ignorante. Otra vez en el mismo sitio.

Antes de ser profesor fui alumno. Como alumno, sé a ciencia cierta que jamás aprendieron mis profesores nada de mí. Era imposible porque yo era, como todos mis compañeros, un tarugo. Un tarugo destinado a ser moldeado y convertirse en alguien menos tarugo, merced a la labor de mis profesores.  

Por un momento, voy a emitir mi propio mantra. Es este: yo aprendí mucho de mis profesores. Una pequeña pausa. Hay que matizar. Y ahora viene el palito. No aprendí de todos mis profesores. Algunos no me enseñaron nada o casi nada. No piense el lector que mi mantra es extensivo a todo el conjunto del profesorado. De eso nada. Tuve maestros y profesores (en el colegio, en el instituto y en la universidad) que me mostraron ser auténticos merluzos y caraduras.  Afortunadamente para mí, estos inútiles convivían con otros profesores dignos y competentes: los que enseñaban y te educaban. Me daba igual que los métodos de estos buenos profesores fueran tradicionales o innovadores. Eso es un asunto sobre el que adquirí conocimientos mucho más tarde, cuando llegué a ser profesor. Lo importante del buen profesor es ser ordenado, cercano y exigente. No aprendí nada de quien improvisaba o no sabía por dónde iba. Ni de quien era un malaje, cuando no un sociópata. Ni de quien no comprobaba si yo avanzaba o no. 

Hoy abunda mucho el tipo -o se propugna el tipo- de profesor enrollado, no exigente y poco dado a su intervención directa en clase. Pienso que este profesor no enseñará nada a sus alumnos, como no sea que estos aprendan de él que no tienen ni que esforzarse ni que preocuparse por no saber nada de nada. Puede que muchos de estos profesores, encima, repitan el maldito mantra: aprendo mucho de mis alumnos. Pan con pan, comida de tontos. Ya protestó el gremio de panaderos. Por eso lo corrijo. Por eso y porque, en realidad, no hay pan por ningún lado. Ni lo da este profesor ni lo dan sus alumnos. ¿Un día sin pan? No. Un curso entero.

Gracias a mis lectores. Aprendo mucho de ellos.

Pablo Ángel Gil Morales ha sido profesor de instituto y es el autor de TIZAS ROTAS.

TIZAS ROTAS (2022). Editorial DONBUK. 536 páginas.

jueves, 29 de junio de 2023

El brillo de la discreción

Último Claustro de una profesora


Ayer en el IES Isla de León (San Fernando, Cádiz) tuvo su última reunión de claustro la profesora de Latín, María José, que pronunció unas palabras dirigidas a sus compañeros a modo de despedida. Aunque mi presencia no estaba contemplada en este acto, ya conocía el contenido de su discurso porque me lo enseñó el día anterior. Durante la comida que se celebró a continuación, a la que sí asistí como invitado, algunos de los profesores me mencionaron lo acertado de su mensaje. Como soy su marido, mi opinión es poco objetiva. No obstante, ahí va.

De todos los que he conocido y tratado, María José ha sido la profesora que con más ahínco ha ejercido su labor. Siempre ocupada en sus alumnos y en sus tareas, no he visto a nadie que haya trabajado más que ella en la docencia. Nunca dejó sus deberes para el día siguiente y siempre cumplió con los plazos. No sé cuántas veces la vi, por las tardes, por la mañanas, los fines de semana, hasta altas horas de la noche, preparando clases y actividades o corrigiendo exámenes. Esto último lo hacía con tal grado de precisión que sus múltiples anotaciones sobre los escritos de sus alumnos no los podían dejar indiferentes, pues no había detalle que pasara por alto u obviara.

Confeccionó para sus alumnos unos apuntes de Latín que superaron a los mejores libros de texto del mercado. Preparó diapositivas y carteles sobre Latín y Cultura Clásica, con gran ilusión y empeño en encontrar las mejores imágenes para su alumnado. Ideó excursiones y visitas periódicas a yacimientos y ruinas, a Roma o a museos históricos. Diseñó actividades y contenidos para la enseñanza no presencial en la Secundaria y el Bachillerato, una labor que desempeñó unos años. La vi preparar clases e impartirlas desde nuestra casa a través del ordenador durante la pandemia. Adquirió una pizarra para que yo le grabara las sesiones de clase mientras que ella, delante de la cámara, se esforzaba por explicar declinaciones y verbos. La vi delante del ordenador asistir a muchas reuniones desde nuestro domicilio, también en la pandemia, sin dejar de tomarse en serio este tipo de rara y poco controlada situación laboral, muy dada a la relajación y a la desconexión. 

Durante algunos años fue esforzada y competente Jefa de Estudios, lo que le costó más de un disgusto con impresentables e indignos compañeros, muy alejados de lo que la decencia profesional precisa. No se calló en ningún claustro ni dejó de analizar con gran detalle proyectos que superaban su área pero que eran interesantes para el centro. Cooperó con toda actividad extraescolar destinada a ofrecer una buena imagen del instituto. Respetó a su alumnado y le pidió seriedad y disciplina, no por ello dejando de ser amable o comprensiva con quien lo necesitara.

María José no ha jugado a ser profesora. Lo ha sido, sin más. Es la persona menos petulante que me he echado a la cara y la discreción ha sido tanto su talante como su táctica y su técnica. ¿Se puede brillar siendo discreta? Ella lo consiguió sin pretenderlo, pues no era su objetivo. Su único objetivo fue desarrollar un trabajo eficaz y con sentido. También esto le pasó factura, como a tantos otros que se sintieron muy defraudados ante la rebaja y el deterioro de una educación cada vez más infantilizada, light o doble cero, como esas bebidas que ni saben a nada ni satisfacen a nadie. Engañabobos inventados por los supuestos buenos profesionales de la piedad social.

Pero casi nadie a su alrededor notó su contrariedad, pues no cejó en su trabajo ni se acomodó en el mismo, a pesar de lo fácil que se lo ponía una administración educativa poco consciente de la barbaridad que estaba engendrándose en su seno. Yo sí vi su sufrimiento y su malhumor. Yo sí vi su llanto interior y su decepción ante la impostura y la evidente hipocresía. Yo sí viví el ninguneo que sintió ante el destino de su área de conocimiento, devaluada, como muchas otras, casi a zafio y fácil chiste.

He sido muy afortunado por contar con ella. Puede decirse sin exageración que su actitud me hizo a mí que intentara ser mejor profesor, porque su seriedad y rigor me condicionaron y me estimularon a comportarme más dignamente como docente. Se lo debo. Ella no le da importancia a esta deuda. Tampoco le importarán demasiado estas palabras. Ni es su estilo, ni brillará más por ello. Es imposible. Gracias, María José.

Estas son las palabras que pronunció en el Claustro.


        DISCURSO DE JUBILACIÓN

Ya hemos llegado al final del curso. Para mí es también el final de mi vida profesional. Lejanos quedaron esos principios dando latín en BUP, los años de la primera reforma y los avatares de los distintos destinos, y nuevas reformas y nuevas materias. Como diría Séneca, el latín no ha navegado fácilmente por estos mares de las distintas reformas, sino, que se ha mareado mucho o, mejor dicho, lo han mareado mucho. A pesar de todo, dentro del aula he procurado desenvolverme con energía, con ganas de enseñar y de contagiar a mis alumnos el deseo de saber. Espero que en este mundo cada vez más utilitario, volátil e inmediato, haya conseguido transmitir ese espíritu a mis alumnos. Cuántas veces he oído y habéis oído “!Todavía se da latín en los Institutos¡ Pero ¿para qué sirve el latín?” Siguiendo las palabras del profesor Nuccio Ordine, que nos ha dejado recientemente antes de recoger su premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, reivindico el estudio del Latín y de las Humanidades en general, porque “son saberes que son fines en sí mismos, su valor esencial es ajeno a cualquier finalidad utilitarista; sin embargo, pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y el desarrollo civil y cultural de la humanidad”. Igualmente, según su idea, considero que un profesor apasionado de su disciplina se puede convertir en la mejor metodología. (Ahora que estamos siempre arriba y abajo con las metodologías).

Comienza una nueva etapa en mi vida. Todos dicen que se está muy bien de jubilado, pero ante lo nuevo no puedo por menos que sentir un pellizco en el corazón, cierta nostalgia al pensar en dejar esta profesión que me ha gustado tanto y a la que he dedicado tantas horas de mi vida. Pienso en cómo, desde que entramos en la escuela, estamos sometidos a dos imperativos, que a veces se convierten en espadas de Damocles: el tiempo y la obligación. Espero que ahora sepa gestionar bien mi tiempo libre y seguir enriqueciéndome con nuevos proyectos, pero ya sin obligaciones.

Quiero dar las gracias a este Centro, a su directiva actual y anterior, y a todo el profesorado en general, y en especial, a aquel con el que he compartido más momentos y experiencias.   Desde que llegué me he sentido muy a gusto, siempre se ha respirado un buen ambiente de trabajo y de ocio. En mi vida profesional he intentado colaborar y participar en la vida de los centros por los que he pasado. Aquí he percibido a los profesores siempre comprometidos, tanto a los más antiguos en el centro, como a los nuevos que han ido llegando cada curso. Eso es un valor que considero necesario y que favorece siempre la buena marcha de un Instituto y del que creo que también se beneficia el alumnado.  

Considero que he contribuido con un pequeño granito de arena en esta difícil tarea que es el “moldeado y cuidado de la juventud”. La empresa de ser profesor no ha sido nunca fácil, pero creo que ahora son tiempos especialmente raros que os van a exigir mucha pasión, mucho ánimo, mucho trabajo e ilusión. Mis mejores deseos para ello.

Me despido muy agradecida, disfrutando de estos momentos con todos y deseándoos un buen verano. Nos veremos, no obstante, los primeros días de septiembre, porque trabajo hasta el día 6.



lunes, 16 de enero de 2023

TIZAS ROTAS. Una crónica sobre las enseñanzas medias.

Una primicia de Miguel Esteban Donoscuro

Con el título de TIZAS ROTAS y el subtítulo de TREINTA Y TRES AÑOS EN SECUNDARIA, se encuentra ya en el mercado el libro de Pablo Ángel Gil Morales. El autor -que ha sido profesor de instituto-, en esta ocasión nos presenta un relato que consiste en una crónica del periplo profesional de un docente de Secundaria. Su experiencia profesional le ha llevado a escribir un texto sobre los aspectos centrales de la profesión en el momento actual. La obra no recoge las consabidas o inevitables anécdotas que cuentan los profesores sobre lo que sus alumnos dicen o piensan, o, al menos, no es esto lo esencial en el libro. La parte principal del relato está, por el contrario, dedicada a anécdotas o a episodios protagonizados por los propios profesores, a sus idas y venidas, a lo que piensan de su trabajo y a lo que les aturde o no entienden.


El relato tiene la forma de narración en primera persona, como su anterior libro. Esta técnica le confiere un gran sabor de autenticidad y, aunque no se trata de una biografía, sí que se inspira en las cosas que el autor llegó a conocer, a disfrutar y a padecer durante su vida docente. 

El autor no ha rehuido de los aspectos menos agradables del quehacer de los profesores en los IES. Así, aparecen en la historia diversas y cuestionables situaciones cotidianas del trabajo de un profesor: las antipáticas y polémicas guardias para sustituir a los compañeros ausentes, la inoperancia de muchos alumnos, la insolidaridad de muchos padres y madres, el cuestionable papel de los inspectores de educación, la retahíla de las poco logradas leyes educativas, e, incluso, los rincones de barbarie e ignorancia pedagógica que existen entre el propio profesorado. 

Precisamente, porque el último punto mencionado no es ignorado ni evitado, es por lo que este texto no merecerá ser tachado de corporativista por ser un relato de vanagloria o sobre el buen hacer del profesorado. Todo lo contrario, es en gran parte muy autocrítico, ya que no solo admite su inicial ignorancia pedagógica sino que, sin remilgos, también dirige su mirada hacia un determinado lugar: el ocupado por aquel sector del profesorado que desempeña con bastante desvergüenza la profesión. Así que no solo trata de defender a los profesores frente a la confusión y deriva de las leyes y normativas educativas actuales, sino que tampoco rehuye señalar las conductas poco profesionales. En sus primeras páginas encontramos este aviso al lector.


La deriva educativa actual es, desde luego, el motivo principal del relato, como comprobará el lector a medida que avanza en él, a la vez que se va haciendo presente un sentimiento de impotencia ante la mucha inutilidad de la labor educativa del protagonista. El libro es un viaje desde la esperanza de sus inicios como profesor hasta el desencanto de su final laboral y creo que el lector entendido o interesado en el tema encontrará bien descrito en el relato el pobre panorama de la situación actual.

Este libro no gustará a mucho profesional de la pedagogía embarcado o comprometido con el sentir oficial de la política educativa emprendida hace varias décadas. A otros pedagogos menos militantes puede que sí les agrade porque encontrarán en él un respeto hacia su profesión que pocas veces les ha sido concedido por gran parte del profesorado. La neopedagogía no es toda la pedagogía, ni mucho menos; igual que la antipsiquiatría no es toda la psiquiatría, por fortuna.
                                                                                                    Miguel Esteban Donoscuro


TIZAS ROTAS
Editorial DONBUK
Relato
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición en formato digital: 4,99 €

De venta en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com




 

miércoles, 11 de enero de 2023

AD TIZAS ROTAS

Por José María Santos Blanes

Cuando en el año 87 llegué sin remeros a Sanlúcar de Barrameda, descubrí un cielo muy azul y un río que no me permitía sospechas por estrechez de perspectiva ni por prepotencia de interior. Descubrí una muy importante apertura de mente de secano que, más tarde, se convertiría en apertura de imágenes, ingenio, gracia y donosura.

Anteriormente, me topé de frente con un IES del Puerto de Santa María -llamado “Mar de Cádiz”- en el que confundí, por mi ceguera cordobesa, al director por directora (matizo que tenía voz de mujer del PSOE).  Él no se molestó, yo tampoco. Alquilé residencia, oscura, relativamente cara e imprevisible. Estaba en prácticas.  Aún así, sentíame contento por encontrar luz marítima, ese olor a sal y a pino que hoy parece inservible para la nueva hornada de jóvenes.

Después, tardé diez días en ser trasladado a la susodicha Sanlúcar donde ejercí como profesor en prácticas durante un año magnífico, en el que logré distinguir algunos tipos de pescado que no había degustado casi nunca. ¡Éramos aún tan jóvenes!

Llegó mi etapa en la cuna del flamenco más populista en el IFP del Canal. Una enorme frontera llena de gente muy diversa: viejos agradables, medianos prepotentes y nuevos que circulaban sin destino hacia el bar del centro: auténtico “factótum” de los que se creyeron que era solo un lugar de recuperación.

Comencé a creer en el sino, en el destino de los humanos, cuando ya se acababa el año 88. Pero, cuando comenzó el 89 desistí de amistades, a no ser por Masto, increíble, sensible, ciertamente enterado de las inmundicias que no lo dejaban vivir y que, yo, con mi inoperancia efusiva, logré recuperar en su faceta más estricta, descubrir su deseo de igualdad de “género”. Aún lo quiero.

Cuando, de pronto, surgió un sujeto barbudo, relativamente escuchimizado, muy inteligente y comprometido, al que al principio desechamos por la severidad en sus actos, los cuales no mejoraban nuestra locura de jóvenes despeinados ni la rigidez en el análisis del ajeno.

Este buen escritor es el que ahora presenta “Tizas rotas”. Un encuentro de amistad, un severo hombre sin delirios de grandeza, un ser humano que toma café en cualquier sitio sin reparos, un buen doctor, un marinero navegando por el ancho mar educativo, un ayudante de los que todavía seguimos aprendiendo y un extraterrestre que no deja de mostrar su nave estratosférica; la misma que nos llevará a la felicidad eterna por su enorme corazón, a no ser que Corto Maltés, en su impasibilidad de héroe, nos conduzca al abismo de los que no pasarán a la historia.

José María Santos Blanes, filólogo; ha sido profesor de instituto.


De venta en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com


sábado, 7 de enero de 2023

Nueve preguntas tras leer TIZAS ROTAS

🎤 EL AUTOR RESPONDE     

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Por José María Santos Blanes

Semanas antes de que el libro llegara al mercado pude proceder a su lectura, pues Pablo me había facilitado por entonces la que sería la maqueta definitiva del mismo. Lo hice con interés y, como soy lo que se dice un devorador de libros, a los pocos días había dado cuenta de este. Su lectura reavivó en mí sensaciones de cierta nostalgia por mi pasado docente, a la vez que, inevitablemente, volví a repasar situaciones decepcionantes relacionadas con mi trabajo. En mi caso, la nostalgia no le gana a la decepción; al menos, todavía no le gana. No sé cómo me sentiré cuando pasen más años desde mi acceso a la jubilación, aún reciente. Alentado por él mismo, le he planteado a Pablo las siguientes cuestiones, que adquieren así la forma de una entrevista.

1.- ¿Qué le llevó a escribir una semblanza sobre su trayectoria en el mundo educativo?

Posiblemente fue la sensación de no haber cerrado bien la puerta a mi salida. Cuando llega el final, la jubilación, todo se acaba de golpe. Un día eres profesor y al día siguiente ya no. Para siempre. El descanso es muy ansiado, pero, en mi caso, llegaba a él bastante disgustado, bastante decepcionado. Me quedaron cosas por decir y creo que este libro es la respuesta. Llevaba mucho tiempo de contradicción y de incomodidad por lo realizado. Más bien, por lo poco realizado. Escribir fue como ordenar un poco el pasado. A medida que lo hacía, volví a sentir la ilusión que llegué a tener en mis inicios. Eso me ayudó bastante y salió un relato más largo de lo que había calculado al principio.

2.- El adjetivo “rotas” junto al sustantivo “tizas” es perfectamente asimilable. Pero, ¿no parece que desecha usted las nuevas tecnologías en la enseñanza o es que aboga por la enseñanza tradicional?

No. Claro que no. Las nuevas tecnologías son un regalo. Lo que ocurre es que la pizarra tradicional es la imagen o el icono más ligado a la profesión, y por eso elegí ese título. También sucede que, como recursos del pasado, la pizarra y la tiza, vuelven una y otra vez al aula cada vez que fallan los nuevos medios. Puede que vuelvan en la versión moderna, la de la aborrecible pizarra blanca de plástico con sus rotuladores de tinta. A mí me gustaban más las tizas, aunque me manchara las manos. Volviendo a las nuevas tecnologías, no solo no las rechazo sino que me parecen muy interesantes, como lo fueron en su momento la incorporación de otros recursos en el aula. Me refiero a los televisores, los vídeos, las diapositivas, las transparencias... Y, retomando lo de rotas (lo de tizas rotas), es fácil conectar este estado de rotura con el que también siente una parte del profesorado. Un profesorado roto, maltratado, menospreciado.

3.- Como docente leo su libro y comparto gran parte de sus afirmaciones sobre la deriva en la ha desembocado la enseñanza; sin embargo, ¿qué cree usted que pensarán los teóricos de las distintas propuestas educativas que se han presentado a  lo largo de estos últimos 30 años?

En general, estos teóricos no dan clases en los lugares donde deben aplicarse sus propuestas, que son los colegios y los institutos. Puede que algunos den clases en las universidades, que son lugares y entornos muy distintos, con muy poca personalización en el trato al alumnado. La universidad dista mucho del aula rural; eso lo entiende cualquiera, ¿no? Pues yo sostengo que viene a distar lo mismo del último curso de bachillerato o de la formación profesional. ¿Que qué piensan estos téoricos? Vete tú a saber. Por lo pronto, creo que muchos no se aclaran con el lenguaje y los términos que utilizan. Tan pronto parecen de la Nueva Escuela como, unas líneas más abajo del discurso, ejecutivos o jefes de venta de una empresa o un negocio multinacional. Puede que piensen que los profesores y los maestros no tenemos ni idea; que no queremos aprender cosas nuevas; que no somos modernos; que no leemos; que somos conservadores y gente atrasada; que vivimos muy bien y no nos interesan los cambios; que no debemos cuestionar sus propuestas; que no los entendemos... El problema es que estos teóricos están en una órbita muy alejada de nuestras aulas. Creo que ellos viven en el cóctel. En su cóctel de ponencias y ocurrencias de salón. No manejan tizas rotas. Es, por ejemplo, como comparar al los que deciden en el Vaticano con los misioneros. Puede que estemos en la misma empresa, pero los teóricos nunca barren el taller. Nosotros lo hacemos todos los dias. Y cada día hay más basura que barrer y menos tiempo para educar y formar. Eso o lo ignoran o lo persiguen. No lo sé.

4.- ¿Observó alguna mejoría en el alumnado y el profesorado cuando estas leyes educativas se iban imponiendo?

Yo no las he apreciado. Por más que me he intentado adaptar al sistema educativo, sobre todo en la primera mitad de mi carrera profesional, no puedo decir que haya mejorado la calidad de la educación. Donde creo que se ha avanzado es la universalización de la educación. Eso es positivo. Pero, en el fondo, creo que ha sido a base de hacerla más mediocre, menos ambiciosa. Por ejemplo, la ratio profesor-alumno sigue siendo un problema en las enseñanzas medias; un problema pedagógico de primera al que se le da una solución estúpida: perseguir al profesor que no aprueba. Si se pierde una guerra, la culpa es del soldado. No importa que esté solo o que no tenga armas. Es su culpa y punto. 

5.- ¿ Hubo algún profesor que anunciara el desastre que se vislumbraba con los cambios que se proponían?

Desde el principio hubo profesores descreídos a mi alrededor, porque es muy cómodo y fácil ser agorero. Yo no les hacía demasiado caso y tendía a pensar que no les gustaban los cambios porque estaban muy cómodos en su trabajo. Es decir, yo pensaba como creo que piensan los teóricos hoy en día de los profesores. Quizá fui algo ingenuo, pero era lo que me tocaba porque estaba muy verde y tenía ganas de crecer. Y eso me permitió conocer y practicar más a fondo las nuevas propuestas. Aprendí cosas. Muchas más que los vociferantes gratuitos. Me desarrollé, por ejemplo, en algo tan fundamental como el campo de las distintas técnicas educativas, cosa que muchos profesores no hicieron como reacción u oposición ante las nuevas propuestas. Esta postura la considero torpe. Muchos catalogaron toda nueva propuesta como innecesaria y horrible si no coincidía con lo que ellos venían haciendo. Eso es un error. Algunos, al no aceptar lo nuevo, medio se defendieron con sus métodos antiguos porque eran serios y rigurosos trabajando al estilo tradicional. Otros, que ni siquiera trabajaban bien con el estilo tradicional y ejercían como malos profesores, no solo no aceptaron nada nuevo, sino que se beneficiaron del clima enrarecido ocasionado por las diversas reformas. Achacaron su propio fracaso vital y profesional, su propia mediocridad, a la llegada de cada novedad en el sistema educativo, cuando, en realidad, ya eran una calamidad con el anterior. Hay que repartir las culpas.

6.- ¿Realmente considera usted tan importante la educación como para hacer una reflexión de la misma que llegue a concienciar a los padres, a los alumnos y a la sociedad en general? ¿ O considera que a la mayor parte de la sociedad solo le interesa mantener a sus criaturas ocupadas durante 6 horas en los centros, indistintamente de lo que aprendan?

Creo que la educación merece esta reflexión. También creo que a buena parte de la población esto le resbala. Solo en el futuro se verá quien sale más beneficiado, si el preocupado o si el pasota. El preocupado se preocupará por formarse debidamente y lo hará por su cuenta, al margen o complementando lo que le ofrezca la educación pública. El pasota vivirá de la beneficiencia del sistema y puede que esto le baste.

7.- ¿Se es más crítico con tizas rotas o con ordenadores productivos?

No hay diferencias si no se es un fanático de su propia opción. Hay que ser críticos, autocríticos y no conformistas. Es lo que recomiendo. No descarto ningún recurso. Quiero adquirir un nuevo ordenador, más potente y más rápido. También quiero encuadernar viejos libros. Todo sirve.

8. ¿Si fuese usted alumno, se quejaría de la enseñanza que se imparte hoy en día o solo intentaría aprobar sin más?

Si fuese alumno de enseñanzas medias sería un gran ignorante y no estaría en condiciones de plantearme la cuestión. Me quejaría, como siempre han hecho los alumnos a esta edad, por mil cosas. Pero eso no me capacita. Son las hormonas de la edad.  Intentaría aprobar y no creo que me cuestionara si estoy aprendiendo o no. No sería tan maduro aún para ello. Me aprovecharía del profesor mediocre y sufriría con el exigente, como toda la vida. Y, si fuera un borde, recurriría a la ayuda de mis padres o a la ayuda de la inspección educativa para sortear al profesor exigente.

9. Muchos políticos de distintas tendencias creyeron y creen en estos continuos cambios en la enseñanza, a pesar que ninguna de sus leyes educativas haya forjado realmente. ¿Por qué cree usted que, hoy, muchos de ellos reniegan de esos cambios? ¿O cada uno ha ido quejándose en función de que mandaran o no en el Parlamento? 

Algunos que han dejado de ser políticos caen después en la cuenta del desastre educativo que han permitido. Hacen declaraciones que son casi una confesión de culpabilidad, pero ya la cosa no tiene remedio porque ya no influyen en los que siguen en el tajo político. Pueden salir en los medios y hacer una entrevista simpática, pero todo queda en eso. Ejercen la autocrítica a destiempo, cuando el partido de fútbol que jugaban ha terminado para ellos. A otros políticos les importa una mierda el problema porque viven en mundos selectos, alejados del embrollo y con pasta suficiente para educar a sus hijos en escuelas privadas. En general, los profesores de a pie les importamos un comino a todos ellos. No estamos invitados ni a las entrevistas de los políticos jubilados ni al cóctel de los actuales con los expertos que les asesoran. Es lo que hay.

José María Santos Blanes, filólogo, ha sido profesor de instituto y es colaborador de Progreso adecuadamente

 

TIZAS ROTAS

Editorial DONBUK

Año 2022

Relato

Rústica: 20,99 €

Ebook: 4,99 €

Desde el 23 de diciembre de venta en en www.donbuk.com y en www.amazon.com

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martes, 27 de diciembre de 2022

Una conversación con Croquer-Harris


Por Pablo Ángel Gil Morales

He tenido un sueño sobre una pesadilla. En realidad, no era una pesadilla en sí; lo que ha ocurrido es que he soñado con un tema que es para mí como una pesadilla. He soñado sobre la educación. Es un tema que no tengo resuelto y que me aturde, porque me acompaña la sensación de que, aunque estoy jubilado, no cerré de forma satisfactoria mi etapa o mi vida como profesor. No enseñé todo lo que quise. No pude. Creo que no me dejaron. Creo que hice mi trabajo solo a medias, no por falta de ganas o interés, sino por imperativo administrativo; por un freno impuesto desde arriba que rebajó tanto mis aspiraciones educativas que estas no se cumplieron y pasaron a ser, así, apenas torpes bocetos mal trazados de un proyecto más valioso que no pude desarrollar.

            En mi sueño hablaba con Croquer-Harris, el profesor de La versión Browning, la obra de teatro de Terence Rattingan. Este drama ha sido representado en muchas ocasiones e incluso llevado al cine. Aunque he leído la obra, solo la he visto en formato cinematográfico y conozco dos adaptaciones: la de Antony Asquith (1951) y la de Mike Figgis (1994). En la primera de ellas el personaje de Croquer-Harris tiene la cara de Michael Redgrave; en la segunda, la de Albert Finney. Prefiero, sin duda alguna, la primera película. A pesar de esta elección, las dos interpretaciones son excelentes. Las dos. Son dos actores formidables y, seguramente por ello, ha aparecido Croquer-Harris en mi sueño con dos caras, porque aunque iniciaba mi conversación con Redgrave, a veces este cambiaba su rostro al de de Finney.

            Croquer-Harris no se ha sentido mejor cuando ha leído mi libro Tizas rotas. Estamos en una salita con un escritorio que debe ser el suyo, el de la película de 1951, porque incluso creo que el sueño, al comienzo, es en blanco y negro.

            —¿Por qué has escrito este libro? Yo descansaba muy a gusto y no me ha agradado recordar el pasado.

            —No lo escribí para usted. Es cierto que lo tenía en mente, pero no estaba dirigido a usted. De todas formas, hablo muy bien de su labor, de su modelo…

            —Ahí es dónde te has equivocado. Yo no soy un buen modelo de profesor.

            —No estoy de acuerdo.

            —Déjame seguir. Yo creo que me centré demasiado en la materia y me olvidé de mis alumnos. No estuve a la altura en lo que respecta al lado humano de la educación. Fui demasiado severo con ellos y me merecí el calificativo de "Himmler del Quinto Inferior".

            Ahora su rostro ha cambiado. Es Albert Finney el que habla para matizar lo que acaba de comentar el Croquer-Harris de Michael Redgrave.

            —Bueno, más bien Hitler que Himmler —dice Finney. Esto se deberá a que en la versión de 1994, se ha sustituido el sobrenombre de Himmler por el de Hitler.

            Me quedo pensando un poco y paso a contestarle.

            —Precisamente viene muy a cuento esto de cambiar a Hitler por Himmler. Tiene que hacerlo el guionista de la película de 1994 porque, debido a la merma educativa y a la ignorancia, el público, el alumnado nuevo, no sabe quién fue Himmler.

            Croquer-Harris parece algo perplejo.

            —Además —le sigo diciendo—, cuando usted se despide es aclamado por sus alumnos por su intervención.

            Croquer-Harris duda antes de intervenir y tuerce un poco el gesto. Parece amargado, algo que siempre está presente en la película.

            —Fue porque les pedí perdón. Solo por eso.

            —¿Eso cree usted? Yo creo que no hubiera aplaudido a alguien que me hubiera despreciado o maleducado durante años por el simple hecho de que me pidiera perdón al final.

            —La juventud es generosa.

            —La juventud es generosa, es impulsiva y es fácil que se deje arrastrar por la emoción en un momento dado, es verdad. Pero el guionista no creo que lo considerara así. En el fondo pienso que lo aplaudían por su esfuerzo, por la labor de tantos años…

            —Eso solo mi alumno Taplow, mi admirador. —Es otra vez Michael Redgrave el que habla—. Además, debes recordar que esta escena no está en la obra original. Es una aportación de la película.

            —Es cierto. Al leer la obra de teatro vi que no contenía su discurso de despedida. De todas formas, tiendo a creer que el agradecimiento contempla también su sacrificio y su seriedad.

            —Lo dices porque así lo quieres creer.

            —Necesito creerlo. Si no hubiera algo de verdad en ello, mi labor como profesor habría sido completamente inútil.

            Calla y parece rememorar. Es un hombre atormentado. Propone otra escena.

            —Me burlé de los modernos métodos de la psicología educativa. El espíritu humano es más importante que el Latín que tenía que enseñar.

            —Pero no son cosas incompatibles. Usted llegó a decir que se enseña más con risas que con excesiva seriedad. Eso no elimina la enseñanza, ni la sustituye por la risa.

            Yo también reflexiono sobre mis palabras. He sido un profesor más bien simpático la mayor parte del tiempo. Ahí no creo haber fallado. Croquer-Harris sí lo olvidó hace mucho tiempo.

            Lo admiro, pero no tanto por su seriedad como por su rigor. El problema del rigor en la enseñanza es que, demasiadas veces, va acompañado de distanciamiento afectivo y se termina por convertir o en aburrimiento para el alumnado o, mucho peor, en ensañamiento del profesorado.

            Croquer-Harris tuvo una segunda oportunidad, algo tardía. Tras su despedida de la escuela donde tantos años pasó, se trasladó de centro. Tengo que preguntarle qué tal le fue. Eso no se trata ni en la obra de teatro ni en las películas.

            —¿Cómo le fue después? ¿Cómo terminó su carrera?

            Se sorprende. Redgrave parece que no lo sabe. Es Finney quien me contesta y, es curioso, como tantas veces sucede en los sueños, se han desdoblado y ahora están los dos presentes en la escena.

            —Fue fácil y agradable. Apenas tuve que trabajar o preparar las clases. Me relajé y dejé que fueran los alumnos los que tomaran la iniciativa.

            A medida que Finney habla, Michael Redgrave parece sorprenderse, como si no recordara nada o como si no estuviera de acuerdo. Tal vez él no fue capaz de relajarse y esta iniciativa solo la tomó Finney.

            —Bien poco aprenderían, ¿no? —pregunta el Croquer-Harris de la película en blanco y negro.

            —Bien mirado, casi nada —contesta Finney en colores—. Pero les llegué a caer bien.

            —Te envidio —le contesta Redgrave—. No estoy de acuerdo, pero te envidio.

            Me he despertado lamentando dos cosas: por un lado, por ser este sueño una pesadilla sobre el tema educativo; y, por otro, por lo corto que fue el propio sueño. Tengo que vivir con esta contradicción. La misma que tuve que soportar durante mi vida profesional; disfruté solo a ratos y me frustré mucho en una profesión que debía haber sido muy gozosa: el cuidado y moldeado de la juventud.


TIZAS ROTAS. Treinta y tres años en Secundaria.
Editorial Donbuk
Año 2022
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición digital: 4,99 €

Se puede adquirir en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com



          

Ficha del libro TIZAS ROTAS

Título: TIZAS ROTAS. TREINTA Y TRES AÑOS EN SECUNDARIA .

Autor: Pablo Ángel Gil Morales

Género: Relato

Año: 2022

Editorial: DONBUK

Edición: Rústica; 21 x 15 cm.

Extensión: 536 páginas

Precio: 20,99 € (IVA incluido)

En formato digital el precio es de 4,99 € (IVA incluido)

Se puede adquirir en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com


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